San Pietro in Valle

Ese día, habíamos acordado hacer un recorrido por la Valnerina y llegar hasta Castelluccio di Norcia a un extremo de los llanos de los Montes Sibilini, lugar de un extraño atractivo tanto en invierno, cuando el lugar se encuentra cubierto de nieve, como en primavera y verano con el valle tapizado de flores de diferentes colores, la visión que ofrece entonces es alucinante y al fondo, apenas visible, Castelluccio, el singular pueblito encaramado en una colina frente a una enorme bota italiana hecha en la ladera con verdes arbustos.

Salimos en el Skoda de Luigino cruzando la ciudad de Terni. En un cruce de calles, mi prima preguntó, al ver el nombre de una calle:

—¿Quién era Manzoni?, he pasado por aquí cientos de veces y no sé quién era ese personaje. Luigino iba a responder, pero interrumpí:

—Alessandro Manzoni era un poeta italiano del siglo XIX, famoso por su libro “L´amanti sposi”. (Sentí como que me crujía el cráneo por el esfuerzo mental).

Ante la mirada interrogativa de mi prima, Luigino, ex periodista y tremendamente culto, confirmó con su inconfundible voz, no más alta que un susurro: — ¡È vero!

Como mi mujer y mi prima me dirigieron una mirada admirativa, sonreí sin decir nada, pese a que me sentí tan hinchado como un pavo real. Luego, como… disculpándome,  les confesé que solo conocí ese hecho tangencialmente:

—Como fanático de la ópera, sabía que era una de las pocas personas a quien Giuseppe Verdi admiraba, lo llamaba “el Santo”. La segunda esposa del músico, Giuseppina Strepponi, contó en una oportunidad que cuando Verdi lo conoció en persona, al “huraño Oso de Busseto” le costó un gran esfuerzo evitar que le corrieran algunas lágrimas.

A veinte kilómetros de Terni, al internarnos por el camino de la Valnerina, llegamos a Ferentillo, un pueblo de unas ciento cincuenta viviendas ubicadas a lo largo de una garganta entre dos torres medioevales de vigilancia, una en cada vertiente de los altos montes que las encierran. Siguiendo unos cuatro kilómetros más, a la izquierda se encuentra la Abbazia San Pietro in Valle (Abadía San Pedro en el Valle), que actualmente está en manos privadas, convertida en un excelente establecimiento hotelero (solo con reservas), aunque la iglesia sigue perteneciendo a la curia romana, dependiente de la arquidiócesis de Spoleto-Norcia. El lugar es fantástico, enclavado en el faldeo del monte, muy bien cuidado y con unos jardines increíbles.

Fue edificada en el siglo VIII por Faroaldo II Duque de Spoleto quien, según la leyenda,  vio en sueños a San Pedro pidiéndole que edificara un monasterio para la Orden de los Benedictinos, (fundada por San Benito de Norcia doscientos años antes). En el lugar vivía  un par de eremitas, uno de los cuales de nombre Lázaro, tuvo  un sueño similar y le indicó al duque el lugar elegido, justo frente a donde pasaba la antigua Vía Flaminia por la que  se llegaba a Spoleto. Años más tarde, el mismo duque renunció a su título y tomó los hábitos de monje.

Durante el Siglo XIII, el Papa Gregorio IX Segni, asignó la abadía a los Cistercienses, orden monástica creada en el siglo once. Este papa fue conocido como el Papa de los Gatos, puesto que afirmaba que los gatos negros eran la personificación de Lucifer. A consecuencia de esto, se llevó a cabo una feroz matanza de gatos que prácticamente hizo desaparecer al inocente felino de Europa. Su consecuencia fue una proliferación increíble de ratas que llegaron acompañadas de huéspedes aún más indeseables: pulgas y chiches, agentes infecciosos portadores de la Peste Bubónica, más virulenta y mortal que cinco siglos antes, ya que esta vez agregó hemorragias de piel y mucosas.  La epidemia mató entre  60 y 80 millones de personas —más de la mitad de la población de la Europa de entonces. Fue conocida como La Peste Negra, cuya sola mención es escalofriante, el nombre se le dio porque los enfermos presentaban unas manchas oscuras en la piel.

Dos siglos después, el Papa Inocencio VIII Cybo, nominó a su hijo Franceschetto Cybo como duque de Spoleto y conde de Ferentillo y por tanto, gobernante de la abadía. Este papa (que no le hizo honor a su nombre), fue conocido como el “Papa Vampiro”,  iniciador de una despiadada caza de brujas. Se torturó y en gran parte de casos se envió a la hoguera a quienes fueran acusados de brujos o herejes y a cualquiera que los defendiera, persecución que se agravó después con la activación de la Santa Inquisición. Cuando este Papa estaba a las puertas de la muerte por anemia, un médico le recetó que debía beber o inyectarse sangre de niños sanos. Para esto, le extrajeron sangre a tres niños (los padres aceptaron por la “indulgencia” que por ese hecho les otorgaría el pontífice), pero los niños fallecieron desangrados. Algunos días después el mismo Papa falleció cuando se le hizo una transfusión con los medios que existían, seguramente por una respuesta inmunitaria de su organismo. Demás está decir que el médico desapareció y de él… ¡nunca más se supo!… ¡Hasta el nombre quedó en el olvido!

La iglesia de esta hermosa abadía es uno de los escasos ejemplos que quedan de arquitectura Románica lombarda. Es de líneas sencillas con dos aguas, un rosetón sin adornos, solo como un óculo para dar luz al interior. Sobre la puerta de acceso, un tímpano que tal vez albergó un fresco ya borrado por el tiempo. El campanario, ubicado en el transepto izquierdo, es cuadrado, de cuatro aguas coronado por una cruz, tiene tres órdenes de dos vanos de ventanas románicas por cada una de sus caras,  y un cuarto orden (el inferior) con tres vanos que se repiten solo por tres lados. Es un bello campanario, visible desde lejos.

El interior de solo una nave está decorado con hermosos frescos del Antiguo y Nuevo Testamento de la Escuela Romana del siglo XII. Tiene tres ábsides, en el central un fresco del siglo XV. Tras el altar de uno de los transeptos hay dos sarcófagos romanos con los restos de San Lázaro y San Juan, los santos ermitaños que vivían en una cueva de las proximidades antes que se construyera el conjunto. En el otro transepto hay un bonito sarcófago asiático con los restos del Duque de Spoleto Faroaldo II.

 

Extracto de:

«De viaje por Italia». 

Crónicas de un chileno en Italia.

Contiene 12 crónicas de ciudades de Italia Central.

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