¿Cómo me convertí en lector?

En general soy un lector infatigable y se lo debo principalmente a mis padres. Leo con avidez un buen libro, un periódico o cualquier cosa impresa que tenga algún sentido. Mis escritores favoritos han ido variando a través de los años, aunque también en eso han tenido que ver los nuevos escritores —los grandes— que han aparecido en los últimos cincuenta años.

Mi padre tenía una muy completa biblioteca. Recuerdo que cuando niño me incentivó a leer novelas de Emilio Salgari, de Julio Verne, de Jack London. A los doce o trece años, continué con Las Aventuras de Arsenio Lupín de Maurice Leblanc; recuerdo haber devorado las aventuras de ese ladrón de guante blanco y los inútiles esfuerzos del inspector Ganimard por atraparlo. También leí con avidez las obras de Arturo Conan Doyle, sobre el mítico Sherlock Holmes. Incluso recuerdo que Maurice Leblanc escribió un par de novelas sobre encuentros del famoso ladrón francés con el detective inglés (a quién  llamó Herlock Sholmes, y a Watson lo cambió por Wilson). Naturalmente que en las investigaciones triunfaba el francés, ridiculizando la flema y seriedad del británico.

Cuando no encontraba nada que me pareciera atractivo, leía una revista llamada Fausto que mi madre compraba. Esta publicaba novelas y cuentos por capítulos, como folletines ilustrados, generalmente románticas o de intriga; ahí leí por primera vez parte de una de las novelas de Maurice Leblanc, cuyo personaje tanto me entretuvo.

Un día en que no tenía ningún nuevo libro al cual echar mano, busqué algo en la biblioteca de mi padre, bastante voluminosa, con títulos de grandes escritores que se me antojaban aburridos y largos (siempre pensé que  estaba plagada de libros latosos). Saqué el más delgado: El Defensor tiene la Palabra; pese a que solo tendría unos catorce o quince años, lo devoré en dos noches.

—Parece que los libros buenos, son realmente buenos —pensé.

A esa novela le siguió: “Dos Prisioneros”, “Algo se lleva el Río” y “El Alma se Apaga” de Lajos Zilahy. Descubrí a Próspero Merimée (Colomba, Cármen), a Pierre Loti (Pescador de Islandia, Aziyadé), luego cayeron en mis manos algunos rusos: El Diario Secreto de Ana Virubova y… ya no me pude detener: Rasputín, el diablo sagrado, de René Fulop Miller; La Rusia de los Zares durante la Gran Guerra, de Maurice Paleologue, me hizo aprender a leer más lentamente, recurrir a algún diccionario o buscar en la biblioteca del Liceo algunos datos de personajes —de nombres difíciles de pronunciar— pero que me hicieron adentrarme en un mundo nuevo y fascinante.

¿Cuál será mi escritor preferido?… ¡No lo sé! ¿Fiodor Dostoyevski? Hay que leerlo lentamente, pero los retratos que pinta sobre Rusia y las gentes de entonces, son tan asombrosos, como su forma de pintar el trasfondo psicológico de algunos personajes, todo aquello que parece estar más allá de lo visible del ser humano: “Pobres gentes”, “Crimen y Castigo”, Los Hermanos Karamázov”, “El Idiota”, “El Jugador”, “Humillados y Ofendidos”, entre tantas obras inolvidables. ¿León Tolstoy? ¡Extraordinario!, pero Anna Karenina, terminó por desesperarme y no encontraba las horas de terminar su lectura. Lo mismo me ocurrió con “La Guerra y la Paz”.  Con Tostoy, empecé a meter entre sus páginas una hoja de cuaderno donde iba anotando los nombres de los personajes, difíciles de leer y más de escribir, y eran tantos que de pronto desaparecían de la trama y después regresaban. Cuando no, los escribía en las páginas en blanco del final, incluyendo su relación con los protagonistas.

En general los escritores rusos son imponentes, pero para quién trabajaba todos los días salvo el domingo, solo me quedaba la noche para leer. Las obras de Dostoyevski me demoré treinta años en leerlas (compré sus obras completas en tres tomos editados por Aguilar), leía una y “descansaba” leyendo otras cosas, hasta que de nuevo esa fiebre por leerlos, me atacaba de nuevo. Lo mismo me ocurrió con Tolstoy quien me agotaba. Como me veía obligado a leer autores más livianos, leí algunos ingleses como Somerset Maugham (sus cuentos en oriente son inolvidables), Archival Cronin, James Hilton. Norteamericanos como Mark Twain, Ernest  Hemingway, John Dos Passos,   Steinbeck, Faulkner, y los grandes escritores alemanes.

Cuando leí “Sin novedad en el frente”, traté de encontrar más libros de Erich María Remarque. Encontré “Tres camaradas” y “Camino de regreso”. No los encontré tan buenos como el anterior, pero me encantó conocer algo más  sobre el verdadero valor de la amistad. “Tiempo de vivir, tiempo de morir”, “Arco de Triunfo, (de ambas y de “Sin Novedad en el frente” se hicieron películas, una de ellas con Ingrid Bergman). Posteriormente cayeron en mis manos: “Náufragos” y “El Cielo no tiene favoritos”, sobre las persecuciones a los judíos durante la segunda Guerra Mundial, y finalmente “Una Noche Larga”. No sé si tiene otros títulos, pero es uno de los escritores alemanes que más me entretuvo. Remarque estuvo casado con la actriz de cine Paulette Goddard, (desde los sesenta años hasta su muerte), doce años menor que él, fue el cuarto matrimonio de ella (entre otros estuvo casada con Charles Chaplin). Ella no volvió a casarse después.

Nunca me gustaron mucho los escritores sudamericanos, hasta que leí “Crónica de una muerte anunciada” y empecé a perseguir obras del gran colombiano: “El coronel no tiene quien le escriba”, y otras hasta llegar a las grandes: “Cien años de soledad”, “El amor en tiempos del cólera” y “El general en su laberinto”. Me decepcionó “Vivir para contarla” y me costó llegar hasta el final.

De los nacionales, María Luisa Bombal, Manuel Rojas, hasta que compré una biografía de Neruda y sus poemas me agarraron sin soltarme hasta un par de años después.

En poesía, logré leer a los Poetas Malditos: Baudelaire, principal exponente del simbolismo literario. Cuando publicó su poemario “Las Flores del Mal”, provocó un verdadero escándalo con algunos críticos. Con razón es la base de todos los poetas posteriores (basta leer a Neruda); al hierático Malarmè, también simbolista. A Arthur Rimbaud y su “Barco ebrio” escrito a los dieciséis años y “Temporada en el Infierno”: fue el típico Enfant terrible, vicioso, drogadicto desde los diecisiete años. Es raro que un poeta con la sensibilidad de Rimbaud, haya terminado como traficante de armas en África; además de simbolista, perteneció a los grupos parnasianos y decadentistas. Paul Verlaine, pese a haber sido tan desacreditado por su relación sentimental con Rimbaud y haber abandonado esposa e hijo, a quienes maltrataba, tal vez, como  ningún otro poeta ha logrado escribir con esa musicalidad exquisita que tiene su poesía: “Chanson d’Automne”, por ejemplo, no importa si no se entiende el idioma, pero es música pura:

                                      Les sanglots longs           

                                      Des violons

                                      De l’Automne

                                      Blessent mon  coeür

                                      D’une langueur

                                     Monotome….

 

                                  (Los sollozos largos

                                   de los violines

                                   de Otoño

                                  Hieren mi corazón

                                  de una larga                                                

                                  monotonía…)

En Chile, quizás si Carlos Pezoa Véliz y su “Tarde en el hospital” tengan algo parecido. Su brevedad, su sentimentalismo, han hecho que este poema no se vaya más de la mente de quien lo ha leído. Lo mismo ocurre con los poemas de Verlaine.

¿Qué leeré ahora? ¿Un viejo libro que ya lo he leído innumerables veces? ¿Ese nuevo best seller que me recomendaron? ¿O me atreveré con “Middlesex”, el Pulitzer de  Jeffrey Eugenides  que me regaló una de mis hijas?, aunque este asunto de los sexos en “bi”, aún me choca. Tal vez voy a releer “Suite francesa” de la incomparable Irene Nemirovski, o mejor “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery que tanto me sorprendió.  ¡No lo sé!, pero no me siento bien con las manos vacías. Porque, acomodarme en un sillón… ¿sin un libro en las manos?

 

 

Extracto de:

«Ensayos breves». 

Contiene ensayos breves.

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