La tragedia que Sófocles escribió hace casi dos mil quinientos años —además de la genialidad que ha hecho que sea lectura predilecta de literatos, profesores, filósofos, siquiatras y directores teatrales— pone de manifiesto la verdad que pueden descubrir los ojos. El hombre puede optar entre ver o no querer ver.
El protagonista ya no quiere ver, puesto que cuando sí lo hacía, percibió aterrado el desenlace y el horror de su fatal destino.
El hombre, desde que nace empieza a ver. Mirará lo que le rodea, verá lo que le hace feliz. Edipo, verá su tragedia, lo que no debería ver y que poco a poco el mismo irá reconstruyendo, como desentrañando el misterio de un thriller.
¡Sí!, tal vez Edipo Rey sea el primer thriller en la historia de la literatura.
Como todos en esa época —para conocer el porvenir de un hijo— los padres consultan al Oráculo en Tebas. La nefasta respuesta —que el recién nacido mataría a su padre y luego se casaría incestuosamente con su madre— los horroriza. Entonces lo condenan y dan orden de dejarlo morir en el monte Citerón.
Pero el destino que quieren evitar, tiene preparado otra cosa. El niño es adoptado por los reyes de Corinto, quienes luego lo consideran como hijo propio. Cuando Edipo, ya hombre, quiere conocer su futuro por medio del Oráculo, la predicción se repite.
Él no lo acepta y huye. Decide no regresar con quienes cree son sus padres y así, que no se cumpla el vaticinio.
Pero posteriormente, cuando llega a ser rey de Tebas, ha desposado a la reina Yocasta y con ella han sido padres de cuatro hijos, decide averiguar quién mató al antiguo rey, al primer esposo de su mujer.
Investiga, interroga, consulta y poco a poco va surgiendo la luz y a aparecer la verdad. Al empezar a intuirla, Yocasta —tirándose los cabellos— huye desesperada a sus habitaciones. Cuando un instante después, finalmente Edipo desentraña en su totalidad el misterio de quien es realmente él, enloquecido entra al palacio y ve que su madre se ha quitado la vida ahorcándose. La levanta en vilo para quitarle la cuerda del cuello, y cuando logra conseguirlo, cae con ella ya muerta al piso. Trémulo, fuera de su centro, toma dos broches del manto de Yocasta y se los entierra en los ojos.
Su primera mirada al nacer, fue para ella. La última… también.
Grita: —“¡Ya no quiero que mis ojos vean lo que nunca debieron ver! ¡Qué conozcan a los que no debieron conocer! ¡Qué no sean testigo de mis padecimientos!”, —mientras continúa desgarrándose los ojos.
—¡Abran las puertas! Que los ojos de todos vean al criminal, al parricida, al incestuoso. Ya no existe nada más allá. Asesiné a mi padre, “profané el lecho de la que me dio el ser… ¡Vean a este monstruo confundido!”
Y los ojos del pueblo verán el drama de quien, por intentar evadir su destino… se arrojó, inexorablemente, a los brazos de él.
Extracto de:
«Ensayos breves».
Contiene ensayos breves.
