Desde una antigua fotografía

Miro con nostalgia una foto que amo profundamente. Fue tomada por mi padre y es el motivo de su ausencia en el grupo familiar formado —en ese tiempo— por él, mi madre y cuatro hijos, de los ocho que posteriormente llegamos a ser. Era aficionado a la fotografía e incluso contaba con un pequeño cuarto oscuro para revelar, entonces,   solo en blanco y negro.

El contenido mismo de la imagen me causa una enorme melancolía. De los seis personajes, incluyendo a mi padre, soy el único sobreviviente.

Estamos instalados sobre una roca al centro del estero Vega de Salas, justo en el lugar donde se ensancha para desembocar en el río Achibueno. Este, bastante caudaloso, tenía grandes raudales de un hermoso azul trasparente, pero el estero de torrentosas aguas claras no lucía ese increíble color del río.

Al centro de la foto está mi madre mirando tiernamente a mi hermano Lionel —un bebé entonces— que está sentado en su regazo. A su costado izquierdo, Carmen, a quien llamábamos Nené, de unos ocho años; Lily de seis y algunos meses, posesivamente tomada de su brazo derecho, y el prócer de casi cinco años de pie detrás de mi madre   —abrazado a su cuello— soy yo. En ese verano de 1942, ella, aun no cumplía los treinta. Estamos sonriendo, seguramente por alguna payasada que nos hacía mi padre para quitarle seriedad al grupo.

Mamá era una mujer hermosa, delgada, un poco más de un metro sesenta, grandes ojos de un café casi negro, enmarcados en  largas pestañas y cejas muy bien formadas.   Su pelo ligeramente ondulado, era negro azabache. Posteriormente, con la ayuda de los laboratorios cosmetológicos, jamás permitió que alguna canita asomara en su cabellera.

¡Era tan bello todo ese largo, serpenteante y estrecho valle de verdes montes de bosque nativo, con trasparentes vertientes y quebradas cuyas aguas tintineaban al brincar, jugueteando entre las piedras!

Mi padre nos llevaba a diario a excursiones a los cerros que rodeaban el lugar, donde saqueábamos boldos, maquis, coguileras y cualquier arbusto de frutos silvestres. Siempre debíamos ir delante de él con una varilla en la mano para espantar las abundantes culebras que se cruzaban en nuestro camino, que le provocaban una fobia angustiosa. Extraño temor, puesto que era un hombre valeroso y nunca supimos que tuviera miedo a nadie y a nada. Recuerdo que me enseñaba como coger con los dedos a un enorme coleóptero llamado Madre de la Culebra, que solía medir hasta ocho centímetros de largo y que por su tamaño y aspecto era atemorizante, a no temerle a las grandes arañas pollito que solo asustan de presencia pero son inofensivas o a montar a caballo, como guiarlos y dominarlos para ser un buen jinete, como todos lo fuimos desde muy niños.

Los viajes hacia ese lugar de la montaña —una aventura en esos tiempos— se hacían a caballo y los bártulos se llevaban en carretas donde sobresalían los colchones. Se subía un cerro llamado El Nabo, por una tortuosa y zigzagueante cuesta, luego se cruzaba una plana, seca e interminable meseta y se bajaba al costado oriente bordeando un pequeño arroyuelo hasta llegar casi al borde mismo del río, para continuar hacia nuestro destino —Vega de Salas— que alcanzábamos al anochecer, tras unas quince horas de viaje.

Para el regreso de esas vacaciones, en la meseta —al cruzar el cerro— se quebró el eje de una de las carretas. Eran del tipo carboneras, con eje de madera; las ruedas, de una rodela del tronco de un roble con una llanta de fierro afianzada, las que giraban en torno al eje sin ningún tipo de rodamientos, solo lubricadas por una grasa de color negro a la que llamaban sebo de pino. El carretero llevaba siempre colgado en la vara de tiro, un tarro con esa grasa viscosa del que de vez en cuando sacaba un poco con una tablilla corta y lo colocaba en el orificio de la rueda. Para reparar la carreta debieron conseguir un eje, con ese objeto buscaron un árbol de una madera durísima llamado luma y que tuviera el diámetro apropiado. Se limpió de ramas y se labró con la ayuda de hacha, azuela y una herramienta cuyo nombre no recuerdo pero que hacía las veces de un enorme cuchillo de cepillo con un mango a cada lado.

El trabajo para repararla duró horas, por lo cual la noche la pasamos arriba del cerro con los colchones acomodados bajo arbustos, puesto que en la meseta no había vivienda alguna donde refugiarnos. Mi padre hizo una gran fogata donde hirvieron agua para tomar té acompañado por pan de harina integral y algunas presas de pollo fiambre que mi madre traía para el viaje.

Esa noche no había luna, pero desde el lugar en que pernoctamos teníamos una vista increíble del firmamento, estrellado hasta donde la mirada alcanzaba. Cuando la fogata ya se extinguía, ninguna luz ajena opacaba esa visión del cielo. ¡Era una vista tan hermosa! ¡Jamás en el resto de mi vida he visto algo así ni sentido una emoción semejante!, la impresión que se siente al percatarnos  por primera vez cuán  pequeño somos dentro de la inmensidad del Universo.

Hace dos años, regresé a recorrer esos lugares que en mis sueños aún recuerdo nítidamente. Me causó una enorme desolación ver lo que ha significado para esos bellos parajes la llegada en masa de ese nuevo tipo de seres humanos que gozan destruyendo lo bello y todo aquello que tiene valor para el espíritu. Las hermosas y ocultas quebradas, otrora vertientes de agua cristalina, convertidas en escondites inmundos, plagado de fecas, papeles sucios, toallas… Las riberas de aquellos raudales azules y transparentes donde nadábamos, ahora llenos de restos de comida, latas, botellas rotas, profilácticos, pañales desechables y bolsas plásticas botadas o arrastradas por la corriente.

¡Qué tristeza! Los tiempos felices desaparecieron tan rápidamente. Ya no existe esa vida limpia y pura en contacto con la Naturaleza que conocimos. Los bosques nativos de robles, hualos, canelos y arrayanes, por obra y gracia de los depredadores de siempre, han sido trocados por estúpidos pinos y eucaliptus de inhóspita sombra.

Mejor es recordar solo la candidez, lo pueril, lo que nos hizo felices en el pasado, como los recuerdos que trae a mi mente esa vieja fotografía y sobre todo, ver de nuevo la sonrisa plácida e inocente de mis hermanos que ya no están y de mí amada madre quien, antes que ellos…, ya nos había abandonado.

En muchos de aquellos inolvidables veraneos en la montaña, nos acompañaba un primo de mi padre llamado Arturo: relativamente bajo de estatura, no muy agraciado, pero tranquilo y educado. Usaba unos gruesos lentes de miopía, de esos que normalmente conocemos como “poto de botella”.

Lo recuerdo sentado bajo un parrón con un tablero de ajedrez en una pequeña mesita, enfrentando a mi padre. Ahí podían estar horas y horas en silencio moviendo sus piezas hasta que sus estómagos les exigían abandonar el desafío y dedicarse a otro más agradable frente a un feroz plato que los esperaba desafiante en la mesa que hacía de comedor.

Cuando mi padre tomaba alguna foto como aquella, en la que había que cruzar parte de un río o estero ya fuera por el agua o saltando desde una piedra a otra, ayudaba a mi madre hasta dejarla segura sobre la roca y luego nos cargaba —de a uno en uno— a nosotros. Lo mismo al regresar a tierra firme, después de haber quedado estampados para la posteridad.

En algunas oportunidades, Arturo, con la mejor voluntad del mundo se ofrecía a cargar él a alguno de nosotros. Normalmente las víctimas eran mi hermana Lily o yo, pero por su torpeza —con toda seguridad ocasionada por su miopía— generalmente íbamos a dar de guatita en el agua, en algún lugar donde el inefable Arturo erraba la distancia del salto. Como con los golpes se aprende, posteriormente con llantos y pataleos nos negábamos rotundamente a ser cargados por nuestro tío.

Durante esos veraneos, cuando ya éramos adolescentes y se habían sumado al grupo parientes invitados, entre ellos mi prima Eliana y su hermana mayor, Mónica, (a quien, por lo crédula y su carácter pasivo, le sucedían todos los chascos imaginables), muchas veces al atardecer nos quedaba tiempo más que suficiente para conversar. Mamá       —que tenía un buen humor envidiable— nos contaba episodios de su vida cuando muchacha y también sobre la época en que se conocieron con mi padre.

Ella perdió a su madre cuando contaba solo cinco años de edad. Hija única, su   papá jamás volvió a casarse. Vivían en Villa Alegre en la casa de una gran propiedad vitivinícola de mi abuelo.

Mi padre, que entonces era oficial de Carabineros, fue designado jefe de la tenencia de ese pueblo. Pronto se convirtió en un soltero muy apreciado por las muchachas casaderas. Era un hombre alto, atlético, simpático, buen mozo y bastante culto.

Mi madre y algunas amigas solían ir diariamente a pasear a caballo y empezaron a hacerlo por el camino donde estaba la tenencia, puesto que supieron que un joven oficial había llegado a cargo. Pasaban al trote con rumbo a Certenejas, levantando una polvareda que al teniente no le agradaba, por lo que en una oportunidad ordenó que las detuvieran. Así lo hicieron sus subordinados, quienes les pidieron   pasar a la oficina, donde el nuevo jefe les dijo:

—Señoritas, ustedes no pueden pasar a la carrera levantando tierra con sus cabalgaduras frente a la tenencia.

—¿Y por qué no?, —dijo mi madre.

—Primero, porque este es un lugar donde está radicada la autoridad de orden y seguridad; segundo, por deferencia,  ¡y tercero, por educación!

—Eso significa ¿qué usted piensa que somos mal educadas?

—Pueden ustedes sacar sus propias conclusiones, señorita.

—¡Bien!… bien… bien. Lo tendremos en cuenta, teniente.

Al sordo le han dicho. Desde entonces, las jovencitas chicoteaban a sus animales para pasar a galope tendido cada vez que cruzaban por allí, mientras el teniente bufaba de rabia e impotencia.

De todos modos, cada vez que se hacía una fiesta o  cena por cualquier motivo especial en casa de mi abuelo, el joven oficial era invitado. Al fin y al cabo era una autoridad, lo mismo se hacía con el cura o el director de la escuela.

Entonces, ya mi padre había empezado a cortejar abiertamente a mi madre, aunque ella se hacía la desentendida, pese a que lo  encontraba bastante atractivo.

En una oportunidad, durante ese verano de 1931, se organizó un paseo a caballo hasta orillas del río Loncomilla, para regresar después a casa de mi abuelo donde cenaría todo el grupo. Iban varias jovencitas, algunos muchachos y también el joven oficial.

En ese tiempo, las damas no montaban a horcajadas sino en sillas de montar para señora. Además, debían usar un tipo de falda bastante amplia llamado “ropón” que llegaba hasta los tobillos.

Las damas montaban de lado, con las piernas hacia el costado izquierdo del animal. La montura misma tenía un estribo largo para el pié izquierdo; para la pierna derecha, un cacho sobresaliente del arzón delantero servía para apoyar la parte posterior de la pierna, tras la articulación de la rodilla, y el pié se introducía en un estribo corto. La dama quedaba muy cómodamente sentada con su pierna derecha doblada y los pies firmemente metidos en los estribos.

Al llegar de regreso a casa, mi madre intuyó que su admirador trataría de ser él y no otro de los acompañantes quien la ayudaría a bajar de su cabalgadura.

—Te apuesto que ese pesado va a querer ayudarme a bajar, le dijo en voz baja a una de sus amigas. ¡Vamos a ver si puede!

Para evitarlo, dio un brinco para apearse sola —como muchas veces lo había hecho— pero esta vez con tan mala suerte, que la basta del ropón se enganchó en el cacho de la montura. Cayó de pié, pero con la falda levantada tapándole la cabeza y… ahí quedó mi querida madre exponiendo públicamente sus bombachas —como se llamaban los churrines de media pierna que las damas usaban entonces— con su mano en alto tratando desesperadamente de desprender el ropón de la montura.

El teniente —que ya se había apeado— se acercó,  la tomó de la cintura, la levantó para que pudiera soltar su falda de la silla y luego la posó suavemente sobre el piso, ante las risas de los acompañantes, la sonrisa mal disimulada del joven pretendiente y la vergüenza y rabia de mi madre que, sonrojada como un tomate, dio un par de chicotazos con la fusta a un pilar del corredor y con un mohín de disgusto ingresó  furiosa a la casa.

 

 

 

Extracto de:

«Para mayores (De risas y ternura)»

Contiene 22 cuentos cortos. 15 Historias festivas y 7 dramáticas.

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