En los campos ubicados al poniente de Parral, vivía un señor alto y flaco, de caminar lento y hablar más lento aún, al que todos conocían como Don Roso, don Rosito o simplemente Rosito. Su forma de hablar era muy peculiar: bien modulada pero pausada, muuuuy pausada y como en-tre-cor-ta-da. Los campesinos, bromistas y siempre con deseos de reírse del prójimo, tenían tema para rato cuando se referían a su forma de hablar, y sus risotadas podían escucharse a media cuadra cuando recordaban alguna anécdota de Rosito, aunque cuando trataban directamente con él, lo hacían con mucho respeto.
En esa zona, subsisten algunas poco productivas parcelas salpicadas de pequeñas y añejas viñas, tal vez centenarias, que producen caldos de poca calidad, pipeños ligeramente ásperos, y con el orujo, los mismos campesinos destilan aguardiente en alambiques artesanales y absolutamente ilegales. Para en algo aumentar sus ingresos, elaboran y venden enguindado, apiado, alojas, y… cuanto brebaje se pueda fabricar con esa grapa, siempre que sirva para pasar el frío… o las penas, y para celebrar cualquier acontecimiento.
Con esa facilidad para obtener vino y tragos caseros, don Rosito había sido desde sus tiempos de juventud y hasta cuando ya tenía sus cuarenta años, bastante aficionado a empinar el codo. En realidad… más que aficionado: se tomaba casi toda la producción de su viñita.
Todo había funcionado así hasta que doña Eloísa, su mujer, empezó a perder la paciencia y decidió tomar el toro por las astas. Le costó decidirse, pero un buen día que amaneció con el genio algo atravesado, y peor aún, cuando tipo tres de la tarde se percató que su media naranja ya estaba bien “mareado” y con ganas de seguir tomando, al verlo que a paso lento y oscilante se dirigía desde la bodega a la casa con un jarro de unos dos litros de pipeño entre las manos. Eloísa pensó que era el momento de hacer valer su empoderamiento y poner orden a las cosas. Se acercó y le dijo con voz suavecita:
— ¡A ver m`hijito, no se le vaya a caer el jarrito, yo se lo llevo! —Don Rosito se extrañó de la amabilidad, pero se lo entregó y siguió su camino con vacilantes pasos. Ella, dejó el jarro en una mesa y sin que su consorte se percatara, agarró un palo de leña y sin decir “agua va”… ¡le empezó a dar!… ¡Por donde cayera!… Y le siguió dando hasta que le dolieron las manos.
Ahí, en el suelo pudo ver el bulto de lo que quedaba de su marido. Se acercó más a él para asegurarse que no se le había pasado la mano. ¡Pero no!, estaba aturdido no’ más. Agarró el jarro con vino y se lo vació en la cara.
—¡Ahora vai’ a despertar contento!, le gritó.
En realidad… despertó, se pasó la lengua por los labios, se saboreó un poco y en su lento hablar preguntó:
— ¿Qué-me-pa-só, Loi-chi-ta? ¡Por-que-chi-tas-que-me-due-le-la-ca-be-za!
— ¡De tanto tomar, pos viejo weón! Vai` a tener que dejar de tomar, mira que te caíste de hocico al suelo y cualquier día te vai´a matar de un costalazo. Mírate al espejo, pa´ que veái no´ más como quedaste —y agregó muy seria— capaz que la gente mal pensada crea que yo te pegué…
Como don Rosito se dio cuenta que tenía la cara muy magullada, un tajo en una ceja, algunos chichones en la frente y las costillas le dolían como si hubiera pasado un tractor sobre él, pensó que era el momento de “chantarse”, y desde entonces… no tomó nunca más. ¡Ni un traguito siquiera!… ¡Ni para las Fiestas Patrias!
Pasaron algunos años, ya sus hijos estaban creciendo, la mayor de las mujeres estudiaba en la ciudad y los otros dos iban a la escuela local. Se habían construido una casita de vacilantes adobes y tejas artesanales cerca de un estero que cruzaba sus tierras. A algunos metros de la orilla, había una vertiente con un pequeño pozo que utilizaban para el consumo, agua siempre fresca bajo la sombra de los numerosos sauces y maitenes que poblaban sus riberas. Entre este y la casa, corría un canalito de riego de poco más de dos metros de ancho, cuyas aguas la compartía con otros dos vecinos. No era mucha, pero se ponían de acuerdo para regar un día uno, otro día otro.
Una noche como cualquiera, después de la cena se sentaron a la orilla del fogón a tomar mate. Ya los chicos estaban durmiendo cuando la señora le dijo a su marido:
—¡Oye Roso, anda a traerme un par de jarros de agua del estero para tener pa` mañana en la mañana.
Su marido, obediente, tomó una garrafa y bajó hacia la vertiente alumbrándose con un chonchón parafinero, para no tropezar en el trayecto o caerse al canalito que era cruzado por un improvisado y angosto puente consistente solo en un tablón.
Cuando había llenado la garrafa y se disponía a regresar a casa, vio una potente luminosidad que alumbraba todo el sector del sendero que unía la casa con el arroyo. Salió de entre los árboles para ver de qué se trataba, suponiendo que sería un helicóptero, pensamiento que desechó rápidamente puesto que no se sentía su característico ruido. Entonces, vio una luz como de una enorme linterna que venía desde unos cincuenta metros de altura. Era de un blanco azulado, tan potente, que el lugar podía verse con una nitidez absoluta, arbustos, frutales, plantas… ¡todo!
Escuchó a su mujer que le gritaba: —¡Roso!, ¿qué cresta es eso?
Se quedó paralogizado, y en ese momento le pareció escuchar un ruido como de un enorme ventilador que provenía desde el artefacto que alumbraba. La luz empezó a acercarse, poco a poco, hasta detenerse a unos veinte metros del suelo. Presintió que él estaba justo al centro de la luz.
¡Un escalofrío recorrió su cuerpo!
El ruido cambió, se hizo más potente, hasta parecerse al que hace un esmeril eléctrico al pulir un fierro. En ese instante volvió a escuchar la voz de su esposa que a “grito pelado” le decía:
—¡Arráncate Roso, mira que esa wevá te va a chupar!… ¡Aprieta cachete mierda!
Don Rosito, cuya lentitud para caminar era conocida por todos los lugareños, dio media vuelta y corrió cuesta arriba hacia su casa, a tal velocidad, que ni siquiera se acordó del improvisado puente, saltando el canal en el airecito y entró a la casa al mismo tiempo que la Eloísa. Trancaron la puerta, apagaron la vela que estaba prendida y ahí se quedaron, uno al lado del otro… tiritando… ¡más que asustados!… ¡en el silencio más absoluto!, roto solo por el sonoro castañeo de los dientes de alguno de los dos.
Cuando ya algo se hubieron calmado, abrieron ligeramente un ventanuco, pero… ¡nada! Lo que fuera que vieron, había desaparecido tal como apareció. No se atrevieron a salir, así que volvieron a trancar la puerta y se acostaron.
Prácticamente no pudieron dormir.
—Va-mos-a-con-ver-sar-con-los-ve-ci-nos… en-la-ma-ña-na —dijo don Rosito.
—¡No hagai tal, Roso, mira que se van a reír de nosotros y nadie nos va a creer! ¡Nos van a agarrar pal´ weveo! Esa cuestión tiene que haber sido un Platillo Volador. Yo una vez leí que esa luz se chupaba a las personas y nunca más volvían a aparecer.
Y así no’ más fue. Nunca se lo contaron a nadie. Solo a mí en una oportunidad, poco más de un año después, pero debió ser bajo mi promesa solemne de no contarle nunca a nadie lo sucedido. ¡Se los prometí a pié juntillas! Con eso quedaron tranquilos…
…¡Pero por un tiempo, no más!…
Un par de semanas después, todo el vecindario conocía el caso del Platillo Volador de la casa del Rosito con la Eloísa…
¡Quizás quien sería el copuchento que abrió la boca…! Ya que alguien sería pues, ¿no es cierto? … Lo que es yo… no tengo ni idea quién, porque lo que es a mí, cuando me cuentan algo… ¡soy como una tumba!
Extracto de:
«De todo un poco»
Contiene 21 cuentos cortos y mini cuentos. 12 historias festivas y 9 dramáticas.
