El tío Baucha

El tío Baucha, viajaba dos o tres veces al año a Lontué, desde su Llico natal, a visitar a su hermano inmediatamente menor, Manuel Jesús.

Le agradaba estar con esa familia, donde doña Purísima era quien llevaba las riendas y ninguno de sus once hijos, ni su marido, se atrevían a discutir lo que ella decidía. No  porque fuera muy mandona, ya que aparentaba mucha paz. Hablaba de forma  pausada, rara vez levantaba la voz y en muy contadas ocasiones —para castigar a alguno de sus hijos cuando hacían alguna chambonada— les daba un coscorrón de aquellos en que apoyaba la coyuntura del dedo cordial en la cabeza del castigado, y lo corría como quien escribe una coma. Les quedaba doliendo a lo menos hasta un par de horas después.

El tío Baucha, le tenía afecto y respeto a su cuñada a quien siempre trató como doña Purísima o señora Puri. En la familia, todos querían y respetaban al tío por su forma de ser: caballeroso, amable y educado.  Cada vez que llegaba de visita, cuando golpeaba la puerta, a la consabida pregunta:

—¿Quién es?

—¡Geeente  buénaaa!, respondía con su forma característica de expresarse, alargando  las vocales, con su voz ligeramente aguda y meliflua.

—Ábranle la puerta a don Juan Bautista, decía doña Purísima, y alguno de sus hijos  corría a franquearle el paso a ese peculiar y apreciado tío.

Una vez instalado en casa de su hermano, María Eugenia, una de sus sobrinas,  al ver que sus ropas no lucían muy limpias y se notaban algo arrugadas, le decía:

—A ver tío, póngase estas ropitas del papá mientras yo le lavo las que anda trayendo. Al mismo tiempo, la chica le sacaba la tabaquera y se la llenaba con el tabaco que su padre cosechaba, secaba, y antes de guardarlo, lo curaba con un poco de aguardiente, lo que le daba un toque especial a sus puchos.

Luego de pasar unos cuantos días ahí, ahora con sus ropas limpias y planchadas, preparaba su viaje de regreso a Llico. A veces, su cuñada se percataba que se estaba atrasando  y le decía:

—¡Lo va a dejar la micro, Juan Bautista, y no va a tener en que irse!

—¡Buénooo, entonces… mañánaaa… por Hualañé no’ más, pues! Así que no me apuro, pero, mientras tantooo, si no es molestia, ¿me convidaría  un tecito, señora Puri?… ¡Con pan!… ¡Harto pan!,  —puntualizaba.

El tío Baucha vivía solo. Nunca se casó. Trabajó muchos años en Santiago en casa de la familia Mujica, aquellos mismos de la afamada casa embrujada* de Ñuñoa. Recordaba que  ahí  era  un mozo de confianza, especialmente  para  la señora,  una anciana, que

*Ver descripción de la casa embrujada en  cuento “Nunca hay que decir nunca”.

entre sus trabajos cotidianos le encomendaba a este que le abrochara el brasier, —el corpiño, decía el tío Baucha— puesto que para las manos de la patrona, con signos inequívocos de artrosis, era una labor demasiado difícil de ejecutar. Él, sin un dejo de malicia por tener que hacer una labor tan poco usual, la tomaba como algo que nada tenía de extraño, aunque solo cuando ya era un veterano se atrevió a contárselo a su hermano y a doña Purísima.

Cuando jubiló, regresó a su pueblo natal a orillas del lago Vichuquén. Ahí, sin que nadie se lo pidiera y absolutamente gratis, se dedicaba a barrer las veredas de la única calle existente.

—¡Para que se vea un pueblo limpio!, —decía.

Por eso mismo, la gente empezó a llamarle el “Alcalde de Llico”, con cierta ironía al principio, pero pronto se dieron cuenta de las virtudes altruistas de ese sencillo personaje, que siempre estaba dispuesto a colaborar en cualquier trabajo.

Era apreciado incluso por sus otros sobrinos, hijos de Ofelia, una de sus hermanas menores, pese a que estos —para divertirse— no perdían la ocasión de hacerlo rabiar. En el fondo lo querían, pero le hacían bromas pesadas. Como sabían que era algo supersticioso, lo asustaban en las noches muy oscuras, despertando al viejito con ruidos como de penaduras o de ánimas, arrastrando cadenas por el patio de su casa; o haciéndole ojos y boca a una cáscara de sandía, a la que le ponían una vela encendida en el interior para que pareciera una calavera, la que suspendían de un árbol con una sábana blanca colgando.

Se burlaban abiertamente de él —convirtiéndolo en el hazmerreir de los pobladores—   cada vez que comentaban las últimas bromas que le habían hecho.

—¡Chiquillos de moledera!, tan distintos a los hijos de doña Purísima que siempre andan limpiecitos y son tan respetuosos con los viejos como yo.

A  mediados de Marzo de 1984, se supo la triste noticia de su fallecimiento.  Se cayó desde un enorme peral que había en el alto, algo retirado de la casa  donde vivía. Había trepado para cosechar las frutas, las que luego pelaba y secaba para hacer orejones.

Nadie se percató del accidente pero —como era día veinte— les llamó la atención que no fuera a pagarse de su pensión; más aún, que tampoco lo hiciera al día siguiente.

Un vecino dijo que había sentido ladrar lastimeramente a su perro, el Quico, y muy preocupados fueron a verlo a su casa.

Era una pequeña casita con solo una habitación, titubeantes muros de adobes y un tanto retirado de la casa, un baño rústico sobre un pozo negro. No lo encontraron. Alguien dijo que su perro ladraba, pero cerca de los perales, en el alto. Hacia allá se dirigieron. Vieron una mancha de sangre ya seca bajo un peral y a algunos metros, a la orilla de una acequia —hasta donde aparentemente se arrastró haciendo un postrer esfuerzo para mojarse— estaba el tío Baucha. Tenía apoyada la cabeza sobre su chaqueta, malamente doblada, y ahí quedó hasta que lo sorprendió la muerte, dejando tras él, los rojos atardeceres de Llico que tanto disfrutaba. Tenía sesenta y seis años.

Como  falleció imprevistamente de un accidente, debió ser trasladado al recinto que hacía las veces de hospital en Vichuquén, donde le hicieron la autopsia, verificando que efectivamente su muerte se produjo a consecuencias del desafortunado percance.

A  tres  de  sus   sobrinos, Rojitas, Alejandro  y  Toñito —hijos de su hermana Ofelia—  quienes tanto lo molestaron en vida, les correspondió acompañarlo en su traslado desde Vichuquén. Sería velado en Llico donde se le oficiaría una misa para luego   sepultarlo cristianamente.  Debieron esperar toda la tarde hasta obtener la autorización para retirarlo, y  emprendieron el regreso con el finado en su ataúd, en el viejo carro fúnebre de la única empresa que para ese objeto existía en Vichuquén.

Estaba oscureciendo. Partieron hambrientos y cansados, pero la noche los sorprendió a poco andar. Estaba  despejado pero sin luna, por lo que la oscuridad poco a poco se hizo absoluta. Algunas ráfagas de viento —típico de fines de verano o principios de otoño— hacían inclinarse y crujir los árboles del camino.

Pasado el poblado de Aquelarre, ubicado al costado sur del lago, a la carroza se le apagaron las luces y su motor dejó de funcionar.

¡No pudieron ponerlo nuevamente en marcha por más esfuerzos que el chofer hizo!, por lo cual ahí se quedaron, sin luces —en un camino casi intransitado en esos años— y con el difunto en el carro. Un silencio sepulcral se había posesionado del lugar.

La oscuridad era tal, que costaba verse las manos. En un momento en que Rojitas, a tientas —con las dos manos estiradas— casualmente le tomó la cabeza al Toñito, este sintió que se le erizaba el pelo de susto y dio tal inconsciente brinco, que casi lo hizo caer de bruces al suelo. Según confesaría tiempo después, pensó que se trataba del  finado, ya  que le pareció sentir sobre su cuello unas manos crispadas y frías.

Rojitas, a quien hasta el día de hoy todo el mundo lo llama así (en realidad se llama José Venegas Rojas, pero un día que se enojó con su padre, dijo que no utilizaría nunca más el apellido de él, sino que  solamente Rojas, que era el de su mamá. Desde entonces, todo el mundo lo empezó a llamar Rojitas, a secas), comentaba días después:

—Cuando los ojos se nos empezaron a acostumbrar a la oscuridad, pudimos al menos ver el reflejo de las estrellas en las cercanas aguas del lago y algo del camino  en el que intermitentemente se dibujaban las sombras de los árboles. Nos ayudábamos de vez  en cuando con la luz difusa de un fósforo. Encendimos una pequeña fogata con la cual pudimos protegernos del frío, de la oscuridad y del miedo que no podíamos vencer y que al Alejandro —tal vez en un acto reflejo que no podía dominar— le hacía castañear tan fuerte los dientes, que en el silencio del camino sonaban como un par de castañuelas.

Mientras tanto, el chofer hacía lo que podía. Silenciosamente trataba de encontrar el desperfecto a la tenue luz de la fogata, aunque de pronto dejaba caer algunas maldiciones.

—¡Con razón dicen que este pueblo de mierda de Aquelarre es un lugar donde se reúnen los brujos con el demonio! Siempre pasa algo cuando uno cruza con la carroza por aquí —y agregó con voz ronca y  opaca—: deben ser las ánimas de los finados de por aquí que reviven y salen a andar por el camino.

Esta observación del chofer, poco hizo para calmar el ánimo de los hermanos, además de tener que ir con el cadáver de su tío, capaz que otras ánimas vinieran a joderlos. El viento estaba arreciando y los muchachos se acercaron más entre ellos, atemorizados por el silbido que hacía al pasar entre los árboles.

De pronto, el aleteo del vuelo de un ave los puso más nerviosos.

—¡Una Cuca!, dijo el chofer, con una voz apagada, lúgubre.

La aseveración los hizo dar un respingo, puesto que la Cuca, para las supersticiones campesinas, es un ave que trae mala suerte y anuncia la muerte de alguien. En realidad, es un tipo de garza grande de hábitos nocturnos llamada garzón o garza cuca, ave inofensiva de color gris.

Después de mucho afanar, lograron poner en marcha el motor de la carroza, pero las luces permanecieron apagadas. Pese a los esfuerzos, así se quedaron. Emprendieron el viaje a oscuras, por ese serpenteante camino de tierra, angosto y con innumerables  subidas y bajadas. Los sobrinos iban delante del vehículo, encendiendo alguna ramita  o pasto seco, el que al arrancarlo les pinchaba las manos con algunas ortigas camufladas, ramas de espino de los cercados o cardos negros urticantes. Pero al menos, les servía de antorcha improvisada, cuidando que no se les apagara puesto que para peor, los fósforos ya les  estaban escaseando.

Por fin, pasado la media noche, apareció el carro de bomberos de Llico que iba al encuentro de la carroza. Los bomberos se habían comunicado con Vichuquén, y supieron que hacía horas había salido el vehículo con el finado y sus sobrinos. Temiendo que hubiesen sufrido algún accidente  a lo largo del viaje, decidieron salir en su búsqueda hasta encontrarlos a unos ocho kilómetros de Aquelarre. Así lograron llegar a Llico, sudando pese al frío, cansados, hambrientos, asustados, con las manos rasguñadas con los cardos y una que otra quemadura, recuerdo de las improvisadas antorchas.

Al sepelio de este hombre bueno, cristiano, bondadoso y educado, acudieron todos los habitantes del pueblo. Luego, sus familiares fueron a su casa y entre sus cosas encontraron algunas pequeñas economías que había hecho durante su vida desde muchos años atrás, las que de poco servían, puesto que había billetes que ya estaban en desuso  por la inflación endémica que siempre afectó al país. Su valor se había depreciado tanto  que ya no servían para nada.

Sus sobrinos de Llico, a menudo se acuerdan de ese hermano de su madre, sobre todo cuando lo trasladaron desde Vichuquén.

—¡P’tas que nos hizo hueviar el tío Baucha!, —comentaba el Toñito, uno de sus sobrinos—. Además, para que vamos a estar con leseras, hubo un rato en que estuvimos harto  asustados en la soledad del camino. A oscuras,… ¡no nos veíamos ni las manos!… y de repente, como que sentía un frío en el cogote y pensaba que era el tío que me agarraba con unas manos heladas y huesudas.

—A mí y a mis hermanos, —confirmaba Rojitas— no nos cabía una aguja en el traste y brincábamos ante cualquier ruido sorpresivo. De repente volaba algún pato desde el lago y el ruido del aleteo hacía que nos arrimáramos más a los otros y al fueguito que hicimos, para a lo menos, ver a alguien de este mundo a nuestro lado.

¡Castigo de Dios por haber molestado tanto en vida al pobre viejito, que en paz descanse!

Cuento de: Las voces del pasado

Scroll al inicio