Introducción y Encuentro sorpresivo
Introducción
Conocí a José Canseco en Valparaíso, a mediados del año 1963, en la empresa constructora donde —desde hacía un par de meses— me desempeñaba como topógrafo. Llegó junto a Isidoro Donoso, un Jefe de Obras, quien era algo mayor que nosotros, tipo agradable, buen humor y fumador incorregible. Se conocían desde hacía años, ya que trabajaron juntos en las primeras etapas de la Gran Vía, un complejo habitacional que la empresa había iniciado en Antofagasta.
De inmediato me percaté de su carácter serio y reservado, quizás algo inestable. En oportunidades solía ser amigable, pero cauteloso; sus comentarios generalmente atinados, bien intencionados y con fundamento, a veces se tornaban ácidos y ofuscados.
Nos reuníamos a almorzar y conversar en la pensión, un pequeño ranchito que se había ido agrandando a medida que aumentaban los comensales. La comida misma era del tipo casera, abundante y sabrosa, sin esos adornos que hoy le agregan a algunos guisos para que parezcan más exóticos y cuyos decorados no se los come nadie. El lugar era modesto pero extremadamente limpio y como el horario de la colación era cómodo, nos quedaba tiempo para hacer sobremesa, intercambiar opiniones y contarnos algo sobre nosotros mismos, unos desconocidos hasta hacía poco tiempo.
Me sorprendí cuando un día, uno de nuestros colegas se acordó de los suyos, una familia aparentemente muy bien constituida, agregando un comentario optimista:
—Pienso que la vida es maravillosa, amigos, y el amor que las mujeres nos hacen sentir, es tal vez el sentimiento más fantástico que existe.
—¡Yo creo que es el más amargo y desgraciado!, —observó violentamente José, con un tono molesto y desagradable; luego se puso de pie y se marchó. Se notaba furioso.
Quienes lo conocíamos menos, nos quedamos de una pieza. Los más antiguos, que lo habían frecuentado desde hacía algunos años, intercambiaron miradas, Isidoro me guiñó un ojo y cambiaron rápidamente la conversación, evitando comentar la poco amigable reacción de José.
Quedé extrañado por el episodio y más tarde, conversando con un compañero nortino como él, le pregunté qué problemas tenía José para que de forma intempestiva hiciera ese tipo de comentarios desagradables, en una conversación trivial e intrascendente.
—Lo que ocurre es que José lleva sobre sus hombros una terrible tragedia que no ha podido borrar de su mente y que tal vez nunca superará totalmente. Eso lo ha convertido en un personaje ácido, huraño y amargado. Pero quienes lo conocemos, sabemos que en el fondo es una excelente persona —me confidenció.
El asunto me intrigó, más aun porque poco a poco fui interiorizándome de algunos episodios de su vida, luego de otros más escabrosos, y finalmente de algunos realmente dramáticos, terribles, de los cuales José jamás hablaba.
Pasó el tiempo y nunca pude olvidar esos hechos.
Muchos años después, cuando dispuse de tiempo libre para hacerlo, me decidí a escribir sobre esos trágicos episodios que marcaron su vida para siempre.
I.- Encuentro sorpresivo
Antofagasta, era una ciudad tranquila y pujante. A fines del año 1960, cuando ya habían solucionado el problema del escaso abastecimiento de agua potable —con el nuevo ducto que la traía desde la cordillera— se empezaron a construir edificios para viviendas, especialmente en el sector sur. Se proyectaba levantar un nuevo estadio y la avenida Brasil se había convertido en un importante pulmón verde, con juegos para niños, senderos sombríos con grandes árboles exóticos introducidos muchos años atrás —cuando las salitreras estaban en su apogeo y los barcos traían como lastre tierra vegetal con semillas camufladas que con el tiempo germinaron— dando vida a ese parque con raras especies.
José regresó de su trabajo en la constructora —donde era ayudante del Jefe de la Obra— tipo seis y media de la tarde. Era un hombre rutinario, le gustaba estar en casa con su mujer, Mariluz, con quién tenía un matrimonio de casi cuatro años, y con su pequeño hijo que aún no cumplía los tres.
Su relación de pareja era buena, aunque ella mostraba en ocasiones cierta tendencia depresiva y a encerrarse un poco en sí misma. Con el nacimiento de su hijito José Daniel —a quien llamaba Danny— el carácter introvertido y hogareño de ella se había acentuado, pero en general comentaba que se sentía una mujer afortunada, para ella su hijo y su marido eran toda su vida. Era feliz en su casa, la que mantenía siempre brillante, ordenada, y su existencia transcurría sin mayores preocupaciones. Cuando José regresaba de su trabajo, sentía que la vida le sonreía y se esmeraba en atenderlo para que se sintiera a gusto. Le arreglaba algo el pelo en un gesto maquinal y cariñoso, al mismo tiempo que le estampaba un suave beso en los labios. Esas actitudes hacían que la buena relación entre ellos creciera día a día. José sentía que con su mujer y su hijo tenía lo que todo hombre necesita: amor, paz, tranquilidad.
Ella mantenía una relación algo distante con su madre, quien vivía relativamente lejos de su casa, en el sector norte de la ciudad. Pensaba que no la quería y nunca la quiso. Presentía que la hija predilecta era su hermana Josefina, dos años menor, buena moza, alegre, chispeante, extrovertida, su antítesis. A Mariluz, su madre siempre la mantuvo al margen de cualquier decisión familiar que tomara, desde la muerte de su marido en un accidente minero, un par de años atrás. La casa donde vivía, la compró con parte del dinero que recibió por ese desafortunado suceso, y fue idea de Josefina que adquiriera una ubicada a poca distancia de la que ella compartía con su marido Rafael y su hijito.
Mariluz, vivía en el sector sur de Antofagasta, en una pequeña vivienda que había construido el padre de José. Tenía un patio ligeramente reducido y un jardín que les había costado grandes esfuerzos conservar. El césped tenía un hermoso y placido aspecto, pese a que la salinidad de la tierra hacía muy difícil su mantención; el áspero terreno solo aceptaba un tipo de plantas que fueran capaces de adaptarse a él. La vivienda contaba con un estar comedor, dos dormitorios, cocina, baño y un pequeño lavadero con puerta al exterior, además de una construcción a un costado del patio trasero donde había un pequeño taller de mueblería —el hobby de José— y en un rincón, algo similar a un gran closet para guardar algunos cachureos. El resto del patio estaba bien cuidado, embaldosado en parte y pasto con algunos arbustos ornamentales en el resto. Un gran pimiento proporcionaba una agradable sombra donde solían poner una mesa y sillas para almorzar o tomar el té en la época veraniega.
El clima a fines de primavera, es agradable en Antofagasta, no sobrepasa los veintiún grados pero tampoco baja de los dieciséis o diecisiete. Ese día de fines de noviembre, José llegó a su casa a la hora acostumbrada, saludó cariñosamente a su mujer y a su hijo, buscó su traje de baño y dijo que iría a darse un chapuzón a los Baños Municipales, nombre con que se conocía una playa artificial bastante agradable ubicada no muy lejos de donde quedaría el nuevo estadio, del cual ya se efectuaban algunos trabajos. La playa no estaba muy alejada de su hogar.
—¿Me acompañas?, —preguntó a su mujer.
—¡No, mi amor! Tú sabes que prefiero quedarme aquí. Además, se que regresarás luego y con apetito, así que prefiero tener la cena lista para cuando vuelvas.
Los Baños Municipales fueron construidos por la municipalidad con el aporte de todas las empresas de la zona, para dotar a la ciudad de una playa en el sector sur. Estaba conformada por un espigón de rocas colocadas en pendiente, ordenadamente, para permitir trepar sin dificultad por el lado interno. La escollera, cumplía la misión de proteger la poza y la playa del oleaje, sobre todo en los días de viento. Estaba coronado por una acera de hormigón de poco más de un metro y medio de ancho, que permitía pasear por ella. Por el costado de mar abierto, el espigón estaba protegido —además de rocas— por una cantidad de tetrápodos de hormigón que evitaban que el mar, en días de temporales o fuertes marejadas, dañara el agradable lugar. Al fondo del espigón había una ancha abertura por donde penetraba el mar, que pacíficamente esparcía sus aguas por la poza; esta tenía unos ochenta metros de frente por unos ciento veinte de largo. Estaba dotada de un trampolín con dos tablones a diferente altura para lanzarse a las aguas —que en ese lugar tenían una considerable profundidad— y de una balsa anclada al centro, hasta donde los bañistas solían llegar nadando por las tibias aguas de ese pequeño balneario. Pese a la hora —y que era día de trabajo— había bastantes bañistas.
José, se dirigió primero hacia las roquerías del lado sur de la playa a contemplar el horizonte. Miró las olas como se mimetizaban unas con otras. Todas iguales, todas diferentes, pero siempre reventaban contra las rocas, unas más cerca, otras más lejos, en un batallar continuo de azul y espuma, ruidosas, cantarinas, roncas y otra vez agudas o estrepitosas.
La chiquillería, atenta al golpe de las olas, esperaban que el mar lanzara hacia las rocas algún pulpo que de inmediato agarraban, y mientras este envolvía con sus tentáculos el brazo que lo apretaba, los chicos, sin inmutarse, con la otra mano le tomaban la parte posterior de la cabeza, se la daban vuelta como quien gira un jockey para volverlo al revés y de inmediato el pulpo desprendía sus ventosas y los tentáculos quedaban colgando con cierta lasitud, momento que aprovechaban para golpearlo en la cabeza y echarlo al bolso para llevarlo a casa, en cuya cocina siempre sería bien recibidos.
Desde ahí, José volvió a la poza, miró hacia la balsa donde se veía a cuatro o cinco personas, entre las que se destacaba el hermoso cuerpo de una mujer. Esbelta, cintura estrecha y cabello oscuro que le llegaba un poco bajo los hombros, traje de baño de una pieza, muy ceñido, de color blanco, que hacía destacar aún más su hermoso y moreno contorno.
Curioso, José nadó hasta la balsa donde había visto esa figura que tanto le llamó la atención. Subió a la plataforma y vio a la muchacha de espaldas que miraba hacia el otro lado. Era un conjunto muy atractivo. Admiró la perfección de sus glúteos, largas y bien formadas piernas; su estrecha cintura hacía más destacable sus bien torneadas caderas, piel morena y pelo negro suelto, sedoso, que le cubría parte de la espalda. Le pareció que tenía algo familiar. Cuando la mujer finalmente se volvió, hizo un gesto de sorpresa al ver a José y le dijo:
—Hola Pepe, ¿qué haces aquí?
—¿Qué voy a estar haciendo?, ¡bañándome pues! —contestó, sin salir de su asombro.
Ambos sonrieron y José se quedó inmóvil sin poder desviar los ojos de ella.
—¿Qué me miras tanto, Pepito? ¿Tengo dos cabezas, tres brazos, o qué?
—¿Cómo no te voy a mirar, con el tremendo cuerpo que luces? Desde la playa que te vengo observando.
La muchacha sonrió picarescamente.
—¿Recién ahora te vienes a dar cuenta? Llevas cuatro años casado con mi hermana y parece que nunca me habías visto. Yo siempre he sabido como eres tú y te conocería de frente, de lado o de espaldas. ¡Pajarón!, —agregó riendo y se lanzó al agua nadando a grandes brazadas hacia la playa.
Él, entre sorprendido y divertido, se lanzó también al agua. Al llegar a la orilla notó que la mayoría de los bañistas ya había desaparecido y solo quedaban algunas parejas y Josefina, que se había tendido sobre la arena.
Dio un vistazo hacia mar adentro, donde apenas logró captar el instante fugitivo del sol al desaparecer entre un lejano banco de bruma, dejando solo un destello de color rojo intenso, adornando el azul grisáceo del cielo. Se puso en cuclillas a su lado observándola con admiración y luego se recostó con un codo sobre la arena sin despegar la vista de la mujer. Ella también lo miraba, ambos sin hablar.
—¡Jamás te había visto en traje de baño! Me has dejado con la boca abierta, nunca me habría imaginado que lucieras así. Claro que eres joven, pero ya tienes un hijo y pese a todo te ves espectacular. —Siguió contemplándola, mudo, nervioso—, ¿cómo está tu niño y… Rafael?, —le preguntó, tratando de romper ese inquietante silencio.
—¡Ahí están!, Rafita creciendo, está muy vivaracho y habiloso. Rafael, como tú lo sabes mejor que yo, sigue sin ser un ejemplo de marido. Los fines de semana, cuando baja del mineral llega a las tantas de la noche, pasado a trago y a perfumes baratos. Así que para no amargarme más, por lo menos puedo arrancarme algunas tardes de los días de semana para nadar un poco y dejo al niño con mi mamá. No te pregunto por la Mariluz, ya que ayer estuvo en mi casa. Está muy bonito tu hijo y ella se veía feliz y despreocupada.
—Gracias. ¡Oye Josefa!, ¿qué te dio por casarte con ese huevón tan irresponsable?
—¿Realmente?… ¡No lo sé! Quizás estaba un poco desilusionada. El único hombre del que me enamoré se había casado, así que me dije, peor es quedarme sola y amargada. Como el Rafa me andaba runruneando hacía tiempo… me casé con él. A lo mejor como para desquitarme, total, tenía buen ingreso en el mineral y al menos tendríamos un pasar agradable, aunque de romanticismo… ni hablar.
—¿Desquitarte de quién?
—¡No me hagas caso!, mejor hablemos de otra cosa o nos vamos a poner dramáticos.
Siguieron conversando animadamente. De pronto, se dieron cuenta que ya empezaba a oscurecer y todos los otros bañistas habían desaparecido. José se levantó y le tendió la mano para ayudarla. Al ponerse de pie quedaron frente a frente separados solo por algunos centímetros. Ambos sintieron algo, como si el corazón les diera un vuelco, se quedaron embelesados, sorprendidos, mudos, mirándose fijamente sin despegar los ojos el uno del otro. José, inesperadamente, sintió que la voluntad le abandonaba y se acercó más aún, la tomó por la cintura, estrechándola y le dio un suave beso en los labios. Ella recibió el beso, cerró los ojos para entregarse a la caricia, pero reaccionó prontamente.
—¡No puede ser!… ¡No puede ser!… Estúpido… ¡es-tú-pi-do! —repitió—. ¿Por qué ahora, cuando ya no puede ser?, —agregó como en un susurro, la voz entrecortada.
Luego, prestamente se puso el vestido sobre su traje de baño mojado y su piel aún húmeda. Lo miró con ojos llorosos y sin decir una palabra, dio media vuelta y se marchó rápidamente, casi corriendo, escapando de él… o… tal vez de sí misma.
Él alcanzó a escuchar unos apagados sollozos mientras la veía alejarse, presurosa, como huyendo de la realidad.
Extracto de:
«Entre Andamios»
Introducción y primera parte de Nouvelle: El Susurro del viento.
Entre Andamios contiene 19 cuentos cortos y una Nouvelle. Historias de “Los caballeros de la construcción”.
