Finezas del primer amor

Cuando la conocí, Ketty era una muchachita de unos catorce años de edad, la menor de cinco hermanos, que con sus padres había llegado a vivir a una casa vecina a la nuestra, a pocos metros de la Alameda de Curicó.

Morenita, de largo cabello castaño negruzco, ojos café oscuro, largas pestañas, labios gordezuelos enmarcados por una cara redonda y un hoyuelo en el mentón. Estatura más baja que alta, cintura no excesivamente ceñida, caderas precozmente generosas, piernas gorditas y busto prometedor para su edad.

En aquel tiempo, la década de los cincuenta, yo tenía alrededor de quince años.  Era solo un muchachito tranquilo, algo pajarón  y muy inocente en lo que a mujeres y  sexualidad se refería, salvo por contadas oportunidades -en aquella edad en que las hormonas andan totalmente locas- de  algunos agarrones y vanos intentos de experimentar con la fámula de la casa, intentos que se apagaban intempestivamente  ante la amenaza de ésta: “¡Déjese, o lo voy a acusar a la señora!”

No pasaba lo mismo con las niñas, que generalmente a más temprana edad, influidas tal vez por el funcionamiento de su sistema hormonal,  maduraban antes que los muchachos. De todos modos eran también solo unas niñas, puesto que los pocos conocimientos que tenían sobre sexualidad los adquirían por los cuchicheos entre  compañeras de curso. Las profesoras no tocaban esos temas y las madres los trataban con sus hijas solo en contadas ocasiones, y cuando lo hacían, se sentían mucho más inquietas ellas que las muchachitas.

Otros tiempos; otra cultura; otras costumbres. Tiempos  donde los hombres demostrábamos nuestro mayor respeto por las damas, y las muchachas exhibían mucho  recato y defendían a ultranza su buena reputación.

Con Ketty, nos saludábamos y de vez en cuando cruzábamos algunas palabras.

-¡Hola Ketty! ¿Cómo te ha ido en el colegio?

-¡Bien!, ¿y a ti?

– ¡Hasta ahora, bien también!

Solo  frases triviales acompañadas por lánguidas miradas.

Y así a diario, hasta que un día, una amiga  de mis hermanas me sorprendió diciéndome.

-¡Me habló mucho de ti la Ketty, por lo que me dijo parece que le gustas! ¿Están pololeando?

No le contesté, pero por primera vez  me pasó por la cabeza la palabra pololeo. Sentí una extraña inquietud por el solo hecho de pensar en ello.

En el liceo, conversando con mi compañero de banco le comenté el asunto. Sergio, hacía algunos meses que pololeaba con una chica bien morenita y atractiva llamada Silvia, que se distinguía por tener una cintura increíblemente estrecha lo que destacada más sus caderas. Por ese solo hecho, casi todos los compañeros de curso lo encontrábamos más experimentado que nosotros.

-¿Y por qué no pololeas con ella? –me dijo Sergio.

-¡Chutas!… es que no sé cómo abordarla.

-¡Aaah!, bueno, dile que te gusta y trata de embolinarle la perdiz. Si te dice que no, ¡sonaste no más!, pero lo más seguro es que te va a decir que lo va a pensar y al otro día te va a decir que sí. Nunca dicen que sí al tiro. ¡Así son las mujeres!, añadió, con un aire de conocedor de la sicología femenina.

Al día siguiente la esperé en la esquina de su casa. Cuando llegó del colegio le dije que quería conversar con ella. Me miró con una leve sonrisa, como entre sorprendida y agradada.

-¡Ketty, tu sabes que me gustas. ¿Quieres pololear conmigo?, -le dije sin más preámbulos.

-Mira, -me dijo y noté que se había sonrojado ligeramente- tú también me agradas, pero, déjame pensarlo. ¡Mañana te contesto! Y sin más se fue corriendo hacia su hogar.

Al día siguiente la esperé en el mismo sitio. Nos saludamos y me dijo que iba a su casa a dejar sus cuadernos y volvía.

Era bastante avanzado el otoño. Los árboles de las calles estaban quedando desnudos, el tibio sol se había perdido tras los techos de las casas y ya empezaba a oscurecer.

Ketty regresó y le pedí que camináramos hacia la Alameda que estaba a poco más de una cuadra de distancia. Como vi que no venía nadie por esa acera, le pregunté:

-¿Y lo pensaste Ketty?

-Sí, contestó. ¡Acepto!

Le tomé la mano y reanudamos el camino hacia la Alameda. Al ingresar a la arboleda, vimos un banco desocupado y nos sentamos en él. Nos miramos y le tomé la cabeza por la nuca, con una seguridad que estaba lejos de sentir. Luego acerqué mi boca a la suya para estamparle un suave beso. Esa húmeda e increíble suavidad de un beso, del primer beso de amor, se me antojó demasiado mezquina, y ya más envalentonado, la abracé con fuerza y la besé más generosamente. Ella se dejó llevar por la caricia pero de pronto reaccionó diciendo que tenía que volver a casa.

-Además, se puede decir que recién nos estamos conociendo, musitó como en una disculpa.

Regresamos conversando tomados de la mano hasta su casa, se despidió con un rápido beso en la mejilla y un aire de complicidad. Yo caminé los pocos pasos hasta la mía a tratar de estudiar algo. ¡Pero no fue posible! Ese primer beso me dejó con la mente totalmente en blanco.

Al día siguiente, nuevamente caminamos hasta la Alameda, nos sentamos en el mismo banco, nos besamos largamente tomados de las manos.

Las hojas secas de los árboles tapizaban el suelo dándole el aspecto de una mullida alfombra color café. Los árboles medio desnudos le daban al paisaje un toque  melancólico y romántico.

Momentos después, Ketty se puso de pié, y tal vez por el esfuerzo al levantarse o quien sabe por qué, una parte de su anatomía dejó escapar un sonido inconfundible.

Yo, simplemente podría haberme hecho el desentendido, como que nada escuché, o haber pisado algunas hojas secas para que pareciera que ese fue el ruido que se sintió.

¡Pero no!, ¡tuve que abrir la boca!  ¡Mi inoportuna bocaza!:

¿… … … … … … … … …?

Después que hablé, se puso más roja aún de lo que ya estaba, dio media vuelta y se fue corriendo en dirección a su casa. Me dio la impresión que sollozando, ¿tan avergonzada estaría?

Salí tras ella, pero  llegó donde vivía antes que yo, entró y cerró  con un fuerte portazo.

En realidad quedé algo confuso. Solo había tratado de ser bien educado hablándole suavemente para que ella no se avergonzara. Me paseé frente a su casa durante al menos una media hora, pero no salió.

Al día siguiente la esperé, pero no la vi llegar a su casa. Ni al otro día… ni tampoco en el resto de la semana… ni en las semanas que siguieron.

Yo cavilaba sobre que sería lo que tanto la molestó.  Recuerdo que en una oportunidad la divisé a lo lejos y me apuré para abordarla, pero en una esquina se esfumó y no la pude encontrar.

Así pasó el tiempo, nunca más pudimos conversar y mi primer amor se empezó a apagar para morir en el olvido.

Pasaron varios meses preguntándome sin respuesta, que fue lo que la molestó, que pudo haberla ofendido y avergonzado tanto, si lo único que hice fue preguntarle con mi mayor fineza:

-“¿Se le salió un peíto, m’hijita?”

 

 

Extracto de:

«Para mayores (De risas y ternura)»

Contiene 22 cuentos cortos. 15 Historias festivas y 7 dramáticas.

Scroll al inicio