(Aventuras de una Aspirina)
A mediados de Agosto del 2008, trabajaba febrilmente para terminar la construcción de un conjunto habitacional en Curicó, en el sector de El Boldo, para la empresa constructora en la que estaba contratado.
Pese a que la obra misma no estaba atrasada, mi preocupación y apuro era causado porque, con mi mujer teníamos reservados pasajes para viajar a Italia. La urgencia por terminar la obra antes de viajar, me tenía muy tenso y tal vez era el motivo de un fuerte dolor de cabeza.
El año anterior habíamos viajado a ese bello país. Estuvimos veinte días en Terni, en casa de una prima, desde donde nos movilizamos para conocer diferentes ciudades; luego viajamos en barco desde Civitavecchia hasta Barcelona para reunimos con una de mis hijas -radicada allí- y un par de días después tomamos un tren a Madrid para visitar algunos lugares antes del regreso a Chile.
Ya instalados en casa, sacamos cuentas y vimos que habíamos gastado mucho menos de lo que teníamos presupuestado. Como el valor del euro y del dólar estaban bastante bajos, hicimos la locura de comprar pasajes con casi un año de anticipación, para viajar nuevamente a Italia. Aprovecharíamos de ir en una peregrinación a Lourdes a los pies de los Pirineos franceses en un bus que saldría a fines de Septiembre desde la misma ciudad donde vivía mi prima.
Todo esto me tenía muy nervioso. Como el dolor de cabeza me seguía atormentando, busqué en mi escritorio algún analgésico. No lo encontré, pero recordé que en el bolsillo interior de mi chaqueta (bolsillo donde los fumadores guardan los cigarrillos) tenía una aspirina suelta. Pedí un vaso de agua, metí la mano en el bolsillo, palpé mi aspirina y algo distraído la saqué. La tragué pasándola con algunos sorbos de agua.
Salí a dar una vuelta a terreno y cuando volví, alguien me preguntó por mi jaqueca y le respondí que ya había pasado. Los analgésicos son mi-la-gro-sos.
Regresé a casa tipo ocho de la noche. Mi esposa me preguntó cómo había estado mi día. Le conté de mi dolor de cabeza de la tarde y de las bondades de una simple aspirina.
Me duché, mientras mi mujer me dejaba ropas limpias a los pies de la cama -como acostumbra hacerlo- y luego preparaba las once. Como generalmente no cenamos en la noche, mi querida esposa se preocupa de tener algo contundente a esa hora, no sea cosa que despertemos a alguna hora con apetito, y eso -al menos en el caso mío- sería un verdadero drama puesto que con hambre me es imposible conciliar el sueño.
Más tarde, mientras yo veía algún noticiero en la TV, mi mujer me dijo:
-Te falta un botón en el puño de la camisa.
-Sí, mi amor. Se me salió en la mañana y lo eché en el bolsillo interior de la chaqueta.
-No,… no encuentro ningún botón aquí, -dijo, revisando de nuevo.
-Tiene que estar. Estoy seguro que lo puse ahí, ¡en el bolsillo para cigarrillos!
– … …No viejito, lo único que hay es… esta aspirina suelta.
Extracto de:
«Para mayores (De risas y ternura)»
Contiene 22 cuentos cortos. 15 Historias festivas y 7 dramáticas.
