Cuando se ingresa al pueblo de Romeral, desde lejos se avistan las viejas araucarias y las palmeras de la antigua vivienda patronal, esa hermosa casona de tejas en forma de “U”, con blancos pilares a lo largo de los corredores que rodean el zaguán. Arcaicas tinajas y algunas lánguidas camelias, salpican el centro del jardín.
Es invierno, por la berma del camino se divisa la figura de una muchachita con aire desolado. Casi mimetizada con el gris paisaje, se esfuerza en apurar el paso. Está cansada esa mañana y el trayecto le parece más dificultoso que otros días.
Luego de caminar el par de kilómetros que la separaba de su casa, la chica pasa lentamente sin siquiera mirar ese jardín que tanto le gusta y continuó a duras penas su camino.
Se desvió para ingresar a la pequeña gruta ubicada frente a la iglesia. Se arrodilló ante la imagen de la Virgen de Lourdes y rezó; lo hizo con profunda fe, pese a lo miserable que se sentía. De improviso sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a llorar desconsoladamente cubriendo su rostro con las manos.
Poco a poco se fue calmando. Secó sus ojos, se persignó y continuó en dirección al colegio. Automáticamente se dirigió a la sala y luego a su banco. -Al banco de siempre- pensó. Ahora tampoco le gustaba.
Todo era agobiante: caminar, poner algo de atención a la clase, todo, todo se le hacía insoportablemente pesado. Le pesaba vivir.
—¡Qué asco de vida! —pensó.
Para ella era un sacrificio levantarse en las mañanas; le costaba vestirse, le dolía tomar su desayuno insuficiente, desabrido: una taza de té que se preparaba ella misma, a veces con la misma bolsita del día anterior, y un pan, solo en el caso que hubiese sobrado alguno de la noche.
Sentía extrañas punzadas en el bajo vientre que casi no la habían dejado pegar los ojos durante la noche.
—¿Será de hambre? Desechó la idea porque de solo pensar en algo para echarse a la boca, sentía asco.
—No, no es por hambre… ¡Ah!… ¿Qué hago, Señor, que hago?
Aún no cumplía los dieciséis años. Era delgada, de estatura media, pelo castaño largo y sedoso, aunque ahora se notaba descuidado; ojos claros tras unas largas y llamativas pestañas. Ya el año anterior su cuerpo había adquirido suaves contornos. Sin ser una belleza, sería una mujer atractiva, pero desde hacía un tiempo se veía pesada, ojerosa y triste, y sus atributos se escondían bajo un delantal amplio y mal abotonado. Solitaria, tenía pocas amigas y nadie en quien confiar.
Su madre -a quien no veía hacía varios días- solía trabajar en los frigoríficos de fundos cercanos, en las cosechas o en raleos. Cuando faltaba trabajo cerca, se marchaba por temporadas y solo aparecía esporádicamente, una o dos veces al mes. El resto del tiempo, la niña quedaba sola.
Rita había captado que su madre era de amoríos momentáneos, relámpagos fugaces de entusiasmo pasajero, muchas veces de solo una noche. En algunas oportunidades había tenido una pareja más durable, pero tampoco conseguía estabilidad. Durante esos volátiles romances, muchas veces los hombres trataban de propasarse con la hija cuando su madre salía a su trabajo. La mujer no tenía el criterio suficiente como para preocuparse de no exponer a su hija ante esos casi desconocidos. En aquellos casos en que algún sinvergüenza trataba de seducirla, la chica oponía resistencia y se escapaba, huía de la casa y no volvía hasta que su madre regresaba o su pareja de turno se marchaba. Pero no siempre consiguió eludirlos.
Una noche su madre llegó con una nueva pareja, un afuerino al que había conocido solo unos días antes y que era ostensiblemente más joven que ella. Desde que llegó, el hombre observaba a la muchacha en sus quehaceres. Cuando la veía levantarse de su asiento, la seguía descaradamente con la vista dirigida hacia su cuerpo adolescente, se pasaba la lengua por los labios en un gesto grosero y lascivo y se quedaba sentado sin despegarle la mirada.
A la mañana siguiente, la madre debió salir temprano de casa. En su habitación quedó aparentemente durmiendo su ocasional pareja.
Transcurrieron algunos minutos, el hombre se levantó a medio vestir y se dirigió sigilosamente al rincón donde dormía Rita. Se acercó y vio que no había despertado todavía; un mechón de cabello le tapaba parte de la cara. Silenciosamente se deslizó dentro de la cama, le besó el cuello y de inmediato trató de forzarla. La chica gritó, intentó defenderse con dientes y uñas ocasionándole un gran rasguño en la cara. El individuo le dio una fuerte bofetada:
—¡O te callas o aquí mismo te mato, cabra e’ mierda! —vociferó mientras le apretaba el cuello. Ella, aterrorizada, optó por guardar silencio, roto solo por sus sollozos y sus quejidos de dolor cuando fue brutalmente violentada.
Cuando el hombre bajó de la cama, se dio cuenta que la chica estaba sangrando y había formado una gran mancha en las sábanas.
—¿Qué nunca habíai estado con ningún gallo, cabrita? —le preguntó, burlesco.
Ella guardó silencio.
—¡Bueno, poh, total, alguien tenía que ser el primero, así que ahora te vai a lavar la sábana y pobre de ti si abrís el hocico y le contai a la maraca de tu madre, porque hasta ahí no más llegai, ¿o-í-s-t-e-h? -gritó, al tiempo que se pasaba por el cuello un dedo en forma explícita y amenazadora. Luego se vistió y dando un portazo salió de la casa para no volver más.
—¡No sea cosa que esta cabra de mierda me denuncie!… ¡Me arañó y me mordió, la desgraciada! —masculló. Mejor me echo el ancho, total, no tengo nada que hacer en este mierdal de pueblo, menos con un par de pacos que hace tiempo me tienen entre ojos.
Rita se quedó en la cama, gimiendo ya sin lágrimas, mirando el techo a través de sus ojos huecos, adolorida… asqueada.
La amarga experiencia de su violación la hizo más introvertida aún; silenciosa, cabizbaja, la mirada huidiza, desconfiada, huraña. De pronto le entraban unas ganas terribles de morir. Todo era negro, sin matices. Castigada… mancillada, y ahora, cargando con esto que la atemorizaba… como si fuera su culpa.
Su padre era un hombre casado que había tenido una relación pasajera con su madre. La consecuencia de ese amorío fue el nacimiento de ella. Él tenía cinco hijos en su matrimonio y otros extramatrimoniales con ocasionales amoríos. Rita evitaba encontrarse con sus hermanastras, ya que siempre le gritaban:
—¡Huacha!, como escupiéndole las palabras.
La profesora empezó la clase, pero a media marcha se dio cuenta que la muchacha no prestaba atención y estaba casi recostada en el banco, pálida y desanimada.
—Qué te pasa, Rita, que te veo tan decaída, ¿estás enferma?
—Es que me siento un poco mal, señorita. ¿Me puede dar permiso para ir al baño? Tengo un dolor de estómago muy fuerte.
—Anda no más. Si te sigues sintiendo mal, vas a la Inspectoría para que te den algún calmante.
Pasado una media hora, la muchacha volvió trastabillando hasta su asiento en la sala. Tenía un aspecto terrible, se veía notablemente enferma, pero nadie se atrevió a decir algo. La profesora, absorta en su trabajo, siguió dictando lo suyo hasta terminar. Se retiró y de inmediato ingresó el maestro del siguiente ramo, saludando y haciéndose cargo del curso.
A los pocos minutos, un alumno notó una pocita de sangre que se estaba formando bajo el asiento de Rita: gruesas gotas caían al piso.
—¡Profesor, profesor, mire! —gritó alarmado.
La chica trató de levantarse pero se desvaneció sobre el asiento azotándose la cabeza contra la mesa. Las compañeras y el profesor se apresuraron a socorrerla.
Rápidamente solicitaron una ambulancia, mientras una inspectora y una maestra se esforzaban en darle primeros auxilios.
Cuando llegó el móvil del consultorio, un paramédico se dio cuenta que la chica tenía todos los síntomas de haber dado a luz o haber sufrido un aborto de un avanzado embarazo, pocos momentos antes.
Los profesores, inspectores y algunas alumnas empezaron a buscar en los baños, en rincones, tratando de encontrar algún feto o evidencia de aborto, puesto que como nunca vieron su vientre abultado, dudaban que pudiera tratarse de un parto.
Una de las alumnas tuvo una corazonada y se dirigió hacia la zona de duchas. Ahí escuchó de pronto una especie de maullido de gatito nuevo. Llamó a otra compañera y empezaron a buscar en el recinto tratando de ubicar el lugar de donde venía el vagido. Encontraron una mochila colgando de una percha y al mirar al interior vieron a un recién nacido casi desnudo, envuelto en un trozo de delantal, indefenso, con sus manitos empuñadas, llorando lastimeramente. Una niña salió corriendo a dar la voz de alerta. La primera que llegó a los baños fue una profesora, sacó al bebé de la mochila, se quitó su delantal y lo abrigó con él, puesto que no encontró a mano nada más con que protegerlo.
—¡Está aquí!, ¡está aquí! —exclamaba. ¡Pobrecito! Gracias a Dios se ve bien.
El pequeño, desde el momento en que se había visto fuera de su tibio hábitat, el vientre materno, hacía lo único que había aprendido a hacer en los breves momentos que llevaba habitando este miserable mundo: lloraba con un llanto chiquito, con frío y hambre, confundido, sin comprender, sin saber el porqué de su situación. Estaba tan bien antes, calentito, y ahora en este nuevo lugar inhóspito, áspero, ruidoso y helado.
La pequeña bebé -porque era una mujercita- delgaducha y arrugada, medio azulada por el frío, fue reanimada rápidamente y trasladada junto a la madre al hospital de Curicó.
Allí, luego de algunos exámenes, comprobaron que en general su condición era buena. Había perdido bastante sangre, la dejaron con suero pero totalmente consciente. Luego la interrogaron lo más amablemente que pudieron. Rita, viendo la inutilidad de su silencio tan celosamente mantenido, contó que durante esos meses había ocultado su embarazo, no solo a su madre, sino que a sus vecinos, conocidos y a todos sus compañeros. No tenía amigas íntimas ni parientes en quienes confiar. No dijo quién era el padre de la criatura, ni en ese momento ni después, como si con su silencio pudiera olvidar la forma violenta en que su guagüita había sido concebida. Su explicación era solamente que el padre de su bebé era un hombre mayor que no supo nunca de su embarazo.
Ante la serie de preguntas que se atropellaban por hacerle, respondía narrando los terribles momentos que pasó cuando se dio cuenta que estaba encinta, su desesperación por no atreverse a contarle a nadie, los esfuerzos que debió hacer para que su estado pasara inadvertido, las dificultades con que evadió las clases de educación física para no delatarse.
Nunca habló de su violación. Quería bloquear esa experiencia en su mente.
—¿Nunca pensaste en abortar? —le preguntó una enfermera.
—En una oportunidad se me vino a la mente esa palabra, pero recordé una niña que era bastante mayor que yo, que conocí hace unos meses y no recuerdo porqué salió la conversación. Ella me contó que había sido adoptada. Que no sabía quién era ni tampoco quería conocer a su madre biológica. Sí, le agradecía que la hubiera dado en adopción, fuera por el motivo que fuera y no la abortara, porque si lo hubiera hecho ella no estaría aquí ni tendría sus padres adoptivos, a quienes amaba profundamente. Ella era muy feliz —me decía— y sobre todo… estaba viva… existía… era una persona. Entonces, ¿cómo podría siquiera pensar en esa palabra terrible, al recordar a esa amiguita?, —respondió.
Explicó además que desde la noche anterior sintió que su guagüita se movía en forma diferente. Más tarde empezó a sentir mucho mas fuerte las contracciones, pidió permiso para ir al baño y ahí, casi de inmediato se dio cuenta que el bebé iba a nacer. Se metió al recinto de las duchas, se sentó en el suelo afirmando su espalda a un muro y notó que la cabeza del bebé ya estaba casi afuera y la Naturaleza la ayudó e hizo lo demás. Cortó el cordón umbilical con unas tijeritas escolares que llevaba en la mochila y lo amarró, más instintivamente que por conocimiento.
No tenía muy claro que hacer después. Estaba como emborrachada y no podía ordenar sus pensamientos, por eso dejó a la niña envuelta en su delantal dentro de la mochila mientras aclaraba sus ideas. Luego de dejar al bebé en su interior la colgó de la percha. Se sentía mareada, adolorida y las piernas le flaqueaban.
Decidió volver a la sala de clases sin estar segura de lo que hacía. Afirmándose por los muros logró llegar. Se sentó en su puesto, vio que la maestra terminaba la clase y se retiraba. Entró el profesor del siguiente ramo y…ahí terminaban sus recuerdos, hasta el momento en que los paramédicos la hicieron volver en sí y se empezó a sentir con más fuerzas.
El médico y las enfermeras se sintieron conmovidos por el relato de la chica y uno a uno se fueron retirando silenciosamente, sin hacer más preguntas para dejarla descansar tranquila.
Una matrona le trajo a la bebita que lloraba desesperada. Estaba perfectamente bien y la puso en los brazos de su novel madre.
Rita la acunó contra su pecho y la pequeña, al sentirse en brazos de su madre, reconoció… tal vez… los latidos del corazón que había aprendido a identificar durante el tiempo que permaneció en su vientre. Poco a poco se calmó, dejó de llorar y se durmió tranquilamente.
Rita, sintió dentro de su pecho algo indescriptible. Una sensación nueva, desconocida, y mientras las lágrimas se desplazaban por sus mejillas, se apoderó de ella una nueva emoción, un nuevo sentimiento de amor y ternura por ese pequeño pedacito de carne.
¡El impacto de sentirse madre! No importaba la forma en que hubiera sido concebida, pero esa hija era suya. Ella jamás tuvo nada pero ahora tenía a su bebita. Su hija era absolutamente parte de ella. ¡Solamente suya!
La matrona, cariñosamente le apoyó una mano en el hombro y Rita experimentó por primera vez en mucho tiempo el contacto de una mano amigable. Un roce cálido, suave y unos golpecitos comprensivos, tan ajenos a una mano castigadora o repulsiva. Solo un calorcito agradable, un sencillo gesto de amistad.
Apoyó su cabeza sobre la almohada, cerró los ojos y se durmió plácidamente con su guagüita, con su hija acurrucada a su lado.
Extracto de:
«Para mayores (De risas y ternura)»
Contiene 22 cuentos cortos. 15 Historias festivas y 7 dramáticas.
