Los ojos expresan nuestros sentimientos, nuestro estado de ánimo. Ellos confirman si tenemos pena o rabia. Pueden demostrar con absoluta claridad odio o ternura, envidia o inocencia, sufrimiento o placer, pasión o serenidad, tranquilidad o agitación, orgullo o humildad, interés o indiferencia, y también… amor, cuando se mira al ser amado.
Ellos nos hacen felices al contemplar algo hermoso. Al ver aquella obra de arte cuya belleza y significado nos ha emocionado.
El artista que tuvo el don de pintar o esculpir aquella idea que brotó de su fértil mente, contemplará lo que fue capaz de traspasar a la tela o al mármol, donde incluyó además su sensibilidad, sus sentimientos.
Un retratista francés del siglo dieciocho, Quentin de La Tour, pintó su autorretrato. Está de perfil, pero se muestra en el instante preciso en que gira la cabeza hacia nosotros. Sus ojos están a la altura de los nuestros y su mirada nos persigue. Hacia el lugar donde nos instalemos no nos despega su mirada irónica, como si se divirtiera, parece decirnos: — ¡No pueden ocultarse a mis ojos!
Las pinturas de Vincent Van Gogh, a veces de pinceladas gruesas, zigzagueantes, retorcidas, expresan claramente su estado de ánimo. En uno de sus autorretratos, el de 1889, rapado, con sus rasgos angulares, la mirada ligeramente hacia un costado, enajenada, hierática, nos muestra en sus ojos su estado mental. Igualmente en aquel de la Oreja Cortada, sus ojos dirigidos fijamente hacia la nada, pero así y todo expresan con claridad decepción, amargura, desaliento… y rabia.
Amedeo Modigliani, vicioso, drogadicto, enamorado desde siempre, con su última pareja y modelo —quince años menor y madre de la única hija del pintor— vivían de comidas miserables, haciendo fuego para calentarse con algunos de sus dibujos. Sus pinturas de mujeres, de cuerpos estilizados, sugerentes, rostros ovalados y ojos almendrados (generalmente sin pupilas), se vuelven hacia el espectador buscando como comunicarse con él.
La mirada de Rafael capta todo un instante en sus grandes frescos. En el más famoso, La Escuela de Atenas —de casi ocho metros de largo por cinco de alto al centro— pinta su autorretrato entre los más de cincuenta personajes, pero lo hace modestamente, como si quisiera pasar desapercibido. En el rincón derecho –semi oculto tras las figuras de Ptolomeo, el pintor Sodoma y Zarathustra— asoma su cabeza y mira. Sus ojos tratan de establecer contacto con el espectador.
Tal vez la escultura más bella que ojos algunos puedan contemplar, es La Piedad de Miguel Ángel. El artista, cuando la terminó tenía solo veinticuatro años. Decía que sus ojos y manos solo sirvieron para sacar la roca sobrante que ocultaba las figuras que estaban dentro. La obra, hecha en un solo bloque de mármol de Carrara —terminada con un pulido y un brillo excepcional— muestra a Jesús muerto, semi desnudo, sobre el regazo de su madre. Su cabeza —con los ojos cerrados— reposa sobre el brazo derecho de María, el rostro tranquilo, como si solo durmiera.
Ella, eternamente joven, con la cabeza un poco inclinada, dirige sus ojos entreabiertos hacia el cuerpo de su hijo. Su mirada, ligeramente ausente parece no creer lo sucedido, pero lo acepta con compostura y triste resignación. Su brazo izquierdo está extendido —con la mano entreabierta— como dirigiéndose al espectador. Parece decir: “Vean si hay Dolor como el Mío”
El artista —que amaba esa escultura— fue a verla pocos días después que la entregó. La contemplaba una pareja de lombardos que entre ellos discutían sobre la autoría del conjunto, asignándosela a otros escultores.
Entonces, el genio de Florencia muy apesadumbrado… se marchó a su casa. Esa noche, tomó su saquito verde con algunas herramientas pequeñas, volvió a la capilla, se introdujo en ella y se puso a trabajar. Sobre la cinta que pasa por el pecho de la Madona y que sujeta la mortaja, grabó: “Michelangelo Buonarroti Fiorentino la hizo”.
Esa es la única obra que el artista firmó. Y así quedó, para la posteridad… para que nuestros ojos la vean.
Extracto de:
«Ensayos breves».
Contiene ensayos breves.
