Un Patas Negras… ¡debe cuidarse!

Abelardo era un personaje muy popular en la región, pero de cierta época en adelante, ya nadie lo conocería por su nombre sino solo por su apodo.

Tenía ya sus años -tal vez unos cincuenta y algo- pero bien vividos. Le gustaba la buena mesa regada con un buen mosto. Muy amigo de sus amigos, vivía en una hermosa casa con sus cuatro hijos y su mujer, una dama distinguida de finos rasgos, agradables recuerdos de la  belleza que fue en sus tiempos de juventud; compañera paciente y de buen carácter, salvo cuando llamaba a terreno a su marido por alguna fechoría, pero luego de algunos días silenciosos, le perdonaba cualquier  pilatunada.

Abelardo la amaba y respetaba, pero su voluntad flaqueaba a la vista de un cuerpo bien torneado, unas caderas ondulantes o unos pechos atractivos. Esa era su debilidad. Que fueran solteras, viudas, casadas, separadas… eran solo detalles.

En esa pequeña ciudad de la séptima región, muchas féminas habían sucumbido a sus palabras aduladoras, a su buena pinta de huaso entaquillado o a algún obsequio costoso, especialmente si podía lucirse en algún dedo, en la muñeca o rodeando el cuello, fineza que lo hacía prácticamente irresistible.  También a veces obsequiaba algún caro perfume, cuyo aroma era siempre el mismo que acostumbraba a usar su esposa.  –“El que sabe, sabe” -se decía a sí mismo.

Las citas amorosas se realizaban en algún lugar apartado donde Abelardo esperaba  hasta que la dama aparecía y abordaba su automóvil de vidrios polarizados -detalle prudente por la privacidad, puesto que nadie podía atisbar al interior. Desde ahí, enfilaba hacia algún motel elegante, limpio y reservado.

Había una regla estricta que el hombre siempre cumplió y que se había prometido a sí mismo jamás romper: nunca programaba una cita en casa de las casquivanas. No ingresaba a ese lugar salvo que por algún acontecimiento social llegara de visita acompañado por su mujer. Todo formal, para que ni la sombra de una sospecha nublara la mente de su cónyuge… o la del marido engañado.

Hasta que un buen día (o mejor dicho: un mal día) el enamoradizo Abelardo rompió la auto impuesta regla.

Quizás se justificara por los deseos de sentir esa dosis extra de adrenalina, que recorre el cuerpo al pellizcar el fruto prohibido de un huerto cuyo dueño tiene plata y nos cae mal por prepotente y mirador en menos. O, porque esa manzanita ajena empezó a molestarlo en sus sueños. Se despertaba a media noche pensando en sus bonitas y largas   piernas,  de  esas  que   parece  que nacen desde el cogote. Soñaba                   con acariciar su cuerpo desnudo, que imaginaba suave, terso, sedoso y delicado. No podía sacar de su mente sus bellos ojos entre grises y verdes que lo miraban al pasar, como invitándolo a zambullirse en ellos o en esa sonrisa picaresca que  incitaba al pecado.

Pero la dueña de esa boquita se negaba a salir de su casa. Le aseguraba que regularmente estaba sola en las tardes puesto que su marido llegaba al oscurecer. Que no tuviera miedo de visitarla, ella lo esperaría solita, dejaría entornada la puerta de servicio para que nadie se percatara.

Abelardo recordaba esos versos del Silabario con el que hizo sus primeras letras:

“No es mío ese huerto, no es mío, lo sé,

                             más yo de esa fruta quisiera comer”…

… … …¡Hasta que se la comió!

Los jueves en las tardes iba a saborear su porción de fruta ¡dulce y madura!

Resulta curioso saber que él, con mucha pachorra, sugería a los aprendices de Patas Negras, no habituarse a un determinado horario “porque no era aconsejable”. Parecía un sabio consejo, pero él tampoco lo respetó.

Uno de esos jueves, quizás si por sospecha, o por algo que olvidó, o simplemente porque le dieron deseos de ir a hacerle un cariñito a su mujer, el dueño de casa volvió a su hogar en el horario menos previsto… ¡y menos oportuno!

Entró por la puerta trasera y de inmediato se dirigió al dormitorio.

Su bella esposa, sorprendida in fraganti, se le acercó lloriqueando,  medio desnuda:

-¡Mi amor, esto no es lo que tú crees!

Su “amor” le propinó tal bofetada que la lanzó de espaldas al suelo.

-¡No se le pega a las mujeres, huaso maricón! -exclamó el visitante, caballero incluso en los momentos más difíciles- mientras se vestía apresuradamente.

-¡Es que no sabís ná lo que te va a pasar a vos pos  huachito!, -le contestó el dueño de casa, registrando el cajón del velador. Encontró lo que buscaba y  disparó hasta que los seis tiros salieron desde su Colt.

Abelardo alcanzó a contar las balas a medida que estas ingresaban a su cuerpo:

La primera en una pierna, la segunda en la cara, la tercera en su mano derecha la que instintivamente había estirado como para interponerla entre su cuerpo y el proyectil; la cuarta en el estómago y las otras dos en el pecho. Luego, todo se borró para él, aún antes de aterrizar de bruces sobre la alfombra.

Cuando despertó, diez días después, la enfermera llamó de inmediato al médico.

-Doctor, ya despertó su amigo Abelardo.

El galeno acudió a la habitación y como saludo lo sermoneó:

-¡Te salvaste no sé porqué milagro, viejito!  Ahora sí que se te va a quitar lo lacho.

Abelardo intentó sonreír, pero sintió que le dolía todo, incluso la cara. Logró palpársela con la mano sin vendajes y se dio cuenta que también tenía un gran parche en el pómulo.

-¿Fue muy complicado, Lucho?

-¡Sí, bastante! Te mantuvimos sedado algunos días después de la operación, hasta ayer, pero te vas a recuperar bien. Creo que en un mes vas a poder estar revolviendo el gallinero, ¡pero solo el propio, weoncito!, ¿oíste?

La atractiva enfermera se rió de las palabras del doctor. Abelardo la miró y trató de guiñarle un ojo, pero desistió por el dolor que le causó el intento.

-¡Ah! Se me olvidaba. Aquí en el velador te dejo de recuerdo las cinco balas que te sacamos.

-¿Cinco?

-¡Sí, cinco! Bueno, me voy a ver a otros pacientes. Tranquilo, vas a estar bien.

-Oye Luchito, ¡espérate! ¿Estás seguro que solo había cinco balas? Mira que yo conté seis y ¡sentí los seis guaracazos!

-Sí, encontramos cinco, pese a que tenías seis perforaciones. La otra no la encontramos, una del pecho. Pensamos que quedó pegada a alguna costilla, por eso no se ve en las radiografías. Pero no te va a molestar.

Abelardo, efectivamente se recuperó bien. El día que el médico lo dio de alta, casi un mes después, el herido preguntó:

-Oye. Entre nosotros, ¿qué pasó con  la fulanita esa y con el marido?

-¿Qué piensas seguir con el leseo? Mira que de otra no te salvas.

-¡Nooo, viejito, ni loco! Solo te lo preguntaba.

-Ahh. ¡Chitas, el tremendo pellejo de la mujer de ese gallo! Si yo creo que por eso no te importó mucho que el tipo probara su puntería contigo -dijo sonriendo-. A él lo tuvieron preso unos días, pero el juez lo liberó. Luego, agarró a su mujer de un ala y se fue del pueblo, avergonzado tal vez. Creo que se fueron a vivir a Rancagua.

¡Pero no te olvides! Cuando tengas que pasar por allá, ¡mejor  ándate  por el by bass!,  -añadió con una carcajada- ¡Porsiaca!

Abelardo seguramente va a seguir mirando a las mujeres, pero de lejitos no más. Eso sí,  cometió el grave error de contarle a sus amigos que solo le habían sacado cinco balas y que la otra se perdió en su cuerpo.

Desde entonces, ya nadie lo conoce como Abelardo: Todos le llaman  El Bala Perdida.

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