Visitando a ciertas señoritas malulas

La mujer honesta… lo presta.

La que enamorada está, lo da,

La que el amor no entiende… lo vende.

Precisamente a ese último tipo de señoritas voy a referirme: a aquellas damas confianzudas que tratan de tú y venden sus caricias por módicos precios; aquellas mismas descocadas que se sientan en las rodillas de los caballeros sin siquiera solicitar su beneplácito.

En algún lugar de la Región del Maule, donde viví desde  niño  hasta  mi  adolescencia, había -como en toda ciudad que se respete- lugares de diversión nocturna: quintas de recreo, un par de cabarets, “casas de cita” y también varios prostíbulos. Entre estos últimos solo tres se destacaban. Todo el mundo los conocía, por lo menos, de oídas; incluso los niños desde su infancia sabían que existían, aunque no tuvieran ninguna  información fidedigna de lo que en su interior podía ocurrir: La Rosa Chica, que quedaba un poco  alejado del centro de la ciudad. La Elvia, ubicado a dos cuadras de la alameda y a la misma distancia del Liceo de Hombres y La Tita, que estaba a poco más de una cuadra de la anterior.

Esta última era la más concurrida. Para amenizar esas tempestuosas noches, la “tía” Tita contaba con un salón  bastante amplio: en un rincón, un piano vertical y una batería, instrumentos que eran aporreadas por unos mellizos a quienes llamaban “los Ticos”. Estos eran dos hombres de edad indefinida, bajos, algo gorditos, voz aflautada, bigote corto y delgado, de andar rápido a pasos cortitos y peinados a la gomina. Todos comentaban que eran homosexuales, en aquellos tiempos en que esa opción sexual  era muy mal mirada y solo se comentaba en voz baja. Con el paso de los años, su peinado a la gomina se perpetuó, pero solo para pegarse al cuero cabelludo las cuatro mechas mezquinas que quedaban en sus cabezas.

A veces, especialmente los fines de semana, acudía un vocalista, y cuando no, los Ticos se turnaban para cantar con su voz amanerada.

En una oportunidad, asistimos con algunos compañeros a un malón, que era como se denominaban las fiestas estudiantiles que se organizaban en casa de algún amigo o amiga, para celebrar algún cumpleaños, santos, aniversarios o lo que fuera. Estas fiestas terminaban muy, pero muuuy tarde,… escandalosamente tarde: cerca de las diez de la noche. Solo se bebía jugos naturales, té, café o chocolate caliente, y muy rara vez un cándido ponche con solo algunas gotitas de alcohol. Y si el motivo lo ameritaba, como término de fiesta, un “cortito” generalmente de vermouth con unas gotas de pisco, trago conocido entonces como pichuncho.

Al final de  la fiesta, a uno de los compañeros se le ocurrió la brillante idea:

-¿Y si vamos donde la tía Tita?  Decirlo y partir para allá fue todo uno.

La mayor parte de los muchachos aún no habíamos tenido alguna experiencia sexual, pero  nadie lo reconocía: todos, cual más cual menos, quería aparecer a la vista de los demás como muy experimentados en esas lides.

Llegamos donde la Tita pasado las once de la noche. La orquesta de Los Ticos estaba a reventar y como había algunas niñas disponibles en el salón, algunos nos pusimos a bailar con ellas. Hicimos una vaca y pedimos una ponchera, que consistía en una botella de pisco y seis bebidas “ginger ale”. Las señoritas que chupaban como esponjas, se bebieron casi toda la ponchera en breves minutos.

Después de algunos bailes, con un par de compañeros nos dirigimos al servicio higiénico. Al salir y caminar por el pasillo hacia el salón, otro compañero se acerca y me dice alarmado:

-¡Oye, viejito, mira: tú papá!

Di rápidamente media vuelta para escabullirme por el costado, doblé en el otro pasillo… y me encuentro frente a frente con mi padre que venía caminando abrazado con una pelandusca de edad indeterminada.

Estupefacto, y absolutamente sorprendido como yo,  me miró fijamente y espetó:

-¿Tú aquí? ¡Vete a casa de inmediato!  ¡Allá vamos a hablar!

Yo contaba entonces no más de dieciséis años, en tiempos en que la palabra del padre era sagrada y nadie pensaba en objetar las órdenes con algún razonamiento, (aunque a esa edad tampoco éramos muy hábiles para debatir).

Me despedí con una seña de los amigos y me fui a casa, atemorizado por ese “vamos a hablar” que me esperaba al día siguiente cuando  recibiría, sin duda alguna, unos cuantos correctivos y una severa filípica de esas que mi padre acostumbraba darnos y que dolían harto más que los coscachos.

Dormí muy mal esa noche.

Al día siguiente, mi madre nos hizo levantar temprano para asistir toda la familia a la misa dominical. Después, de regreso a casa, caminamos con mis padres hasta una panadería donde los días festivos fabricaban unas muy buenas empanadas de horno que eran la entrada usual del almuerzo de los días festivos.

Mi padre no me dijo una palabra. No se molestó siquiera  en dirigirme la mirada.

-A la tarde seguramente me va a agarrar el viejo -pensé.

¡Nada!

Ni en la noche…ni al día siguiente.

Pasaron unos tres días… y yo… en ascuas, hasta que de repente… ¡Me cayó la teja y se me iluminó la ampolleta!: ¡El que estaba obligado a morir pollo era él!

Y en ese momento yo, muy ufano, supe quién tenía  ahora la sartén por el mango!

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