Septiembre de 2002. Había oscurecido en Paris cuando el taxi nos dejó en la puerta del hotel a escasos metros de la Place de la Republique. Luego de los trámites de rigor —mostrar pasaportes, entregar copia del “voucher” de la reservación, confirmar hora de desayuno, si la cena estaba incluida y otras minucias— subimos a la habitación ubicada en el cuarto piso.
Me asomé por una ventana y veo la mitad superior de la Torre Eiffel, aunque algo lejana, totalmente iluminada. El corazón me dio un vuelco, mezcla de sorpresa y emoción. Llamé a mis hijos, el mayor y único varón y la menor de las tres mujeres (que fueron mis dos acompañantes en ese viaje) para que se asomaran y admiraran la vista increíble de esa gigantesca estructura.
—¡Jamás pensé que algún día llegaría aquí y vería esto! —les manifesté.
Durante cuarenta y tres años de mi vida fui un hombre esforzado y tal vez ese viaje fue la recompensa por tantos obstáculos y zancadillas que el destino me puso en el duro camino que debí recorrer en mi vida, entre ellos, el fallecimiento de mi mujer no hacía mucho tiempo.
El viaje lo preparamos con un par de meses de anticipación. Trasbordamos en Buenos Aires y luego directo a Roma, donde patiperreamos a gusto. Tres días después, nos unimos a un Tour para recorrer lo mejor de Italia hasta que, luego de doce agotadoras jornadas, en Milán, abordamos un avión a Paris. Cuatro días después volaríamos a Barcelona para reunirnos con otra de mis hijas que vivía allí desde hacía algunos años. Seguiríamos viaje a Granada y algunas otras ciudades de Andalucía, retornaríamos a Cataluña, luego a Madrid y desde ahí volver a nuestro “largo pétalo de mar, y vino, y nieve”, nuestro Chile querido.
El día anterior a nuestro vuelo hacia Europa, conversaba con el constructor que me reemplazaría durante esas vacaciones. Le dije, entre broma y serio:
—Lo que me hace más feliz de este viaje, es que al menos durante tres semanas no le veré la cara ni escucharé la voz de don Nelson (uno de los socios de la empresa en que trabajaba), quien no se distinguía especialmente por su deferente y simpático trato con el personal que dirigía las obras.
Mi colega sonrió, diciendo algo como:
—¡Yo ya estoy acostumbrado!, así es que mejor a ese guatón chico no lo pesco cuando anda idiota.
Al día siguiente de nuestra llegada a Paris, al abordar el metro en la estación Republique, me hurtaron la billetera, hecho que me amargó gran parte de la estadía, pese a que la pérdida no fue tanta ya que no portaba mucho dinero en efectivo, pero sí documentos, recuerdos y tarjetas de crédito, lo que me obligó a perder gran parte del día haciendo trámites: denuncia en la Policía tratando de hacerme entender —y digo tratando— puesto que, aunque había pensado que con lo que sabía del idioma podría comunicarme con facilidad, me percaté lastimosamente que conocer un modesto vocabulario y la conjugación de los verbos más utilizados, apenas era suficiente para lo más indispensable. Para empeorar la situación, la rapidez y lo nasal conque los franceses hablan su maldito idioma, me dejaron frío, ¡ya que no les entendía un soberano palote! Tuve que acudir reiteradas veces al pequeño diccionario que portaba, para tratar siquiera de comunicar lo sucedido:
—¿Espagnole?, —preguntó con cierto desdén el oficial.
—Non, chilienne, monsiuer officiel.
—¡Ooh, Chilí!, —dijo, ya cambiando su trato a uno mucho más amable, (desconozco el motivo de su animadversión hacia los españoles, aunque… bueno,… ¡son vecinos!, al igual que nosotros con… los argentinos o… con los bolivianos…, por ejemplo).
Luego de estampar la denuncia, informar y dejar mis datos en nuestro consulado, telefoneé a Visa para bloquear las tarjetas y solicitar unas nuevas —que increíblemente me esperaban en Barcelona tres días después. Mientras tanto, nos arreglamos con las adicionales de mis hijos.
Tanto trámite nos despertó el apetito, almorzamos en un restaurante y pedimos pollo. Nos sirvieron un ave absolutamente in-tra-ta-ble, tan cruda que creo que escasamente le habían sacado las plumas y pasado por agua caliente. En España me contaron, posteriormente, que los franceses se comen todo a medio cocer. ¡Hasta las alcachofas se las sirven crudas! (aunque usted no lo crea), con lo cual pueden espantarle el apetito hasta al más hambriento de los seres humanos, aunque hay que reconocer que la variedad de exquisitos quesos, fiambres y vinos, satisface el paladar más exigente.
Recorrimos luego a pie el boulevar Montmartre, caminamos hasta el suntuoso teatro de la Ópera (palacio Garnier), donde solo ver el foyer me dejó pasmado, es tal vez el teatro operístico más grande de Europa. Luego a admirar la Madeleine (relativamente cercana a la Place de la Concorde), rodeada por sus enormes columnas estilo corintias, su extraordinario frontón con esculturas y bajorrelieves de mármol y el altar, con el gran conjunto escultórico de María Magdalena al fondo. Caminamos por les Champs Elysses hasta el Arco de Triunfo, que jamás me lo imaginé tan enorme. ¡Es monumental! Mide cincuenta metros de alto (como dieciocho pisos) por más de cuarenta de ancho y veinte de profundidad.
Regresamos a nuestro hotel poco antes de oscurecer. No servían cena… y nosotros… hambrientos como lobos, ya que solo habíamos comido algunos bocadillos para acallar los quejidos incesantes de nuestros tubos digestivos.
Pese al cansancio, salimos a caminar hasta el canal Saint Martín, buscando donde cenar. Bajamos por el boulevar Voltaire y a lo lejos divisamos a un señor bajito, con una figura rechonchita —que a primera vista me hizo recordar a cierto jefe— el abdomen prominente, patichueco, cabezón, medio pelado, anteojos tipo “poto de botella”, con unos pasos ligeros que ya me fueron más familiares… ¡Chutas!,… demasiado familiares… aunque… ¡nóoo!, ¡¡¡por la cresta!!!… pero… ¿cómo es posible?…
¿Quién piensa, el amable lector, que era el personaje con el que finalmente nos encontramos frente a frente caminando por una remota calle de Paris?
¡Síii, acertó! El mismísimo don Nelson, ¡mi jefe, el señor M.! ¡El mismo con el que ni en mis peores pesadillas habría querido tropezarme en ese día, ya de por sí penoso!
—¡Hoy todo me ha salido mal —gemí mentalmente: la billetera, el pollo del almuerzo, el cansancio y hambre de ahora… y… más encima esto! ¡Me dieron deseos de echarme a llorar!
Pero finalmente, al ver la cara de sorpresa que puso, sus ojos sorprendidos como dos huevos fritos fijos en mi, la boca abierta a tal extremo que pude constatar que le faltaban tres molares en el maxilar inferior y tenía un pre molar de oro en el superior, verlo retroceder un par de pasos, como negándose a creer lo que veía, al mismo tiempo que musitaba:
—¿Qué anda weiando usted aquí, Roberto, por la entre cresta?, que no me quedó más que largarme a reír a carcajadas, por la increíble casualidad de encontrarme al otro lado del mundo, con la persona que menos habría deseado encontrarme en aquel momento… y para peor, preguntó:
—Y,… ¿cómo anda la obra?
—¡Cháaaa! ¿Usted piensa que paseando por aquí voy a estar preocupado de la obra?
—Cierto, ¿ahh? ¡Para qué preguntaré weadas yo también!, —dijo, sonriendo.
-Sí… ¡efectivamente! Mi primer día en Paris… no fue exactamente un buen día.
…De todos modos, no vaya a pensar el amable lector que no me simpatizaba ese jefe. ¡No creo haber dejado traslucir algo así! ¿Verdad?
Este sorpresivo encuentro fue absolutamente verídico. De vez en cuando, incluso algunos años después, cuando conversábamos con ese jefe me comentaba:
—La casualidad que nos ocurrió en Paris, Roberto, es realmente increíble, ¿no le parece?…
Extracto de:
«Entre Andamios»
Contiene 19 cuentos cortos y una Nouvelle. Historias de “Los caballeros de la construcción”.
