Los zapatitos de charol

Regresó desde la capital a su pueblo natal, modesto, mal vestido, con sus ropas demasiado usadas, algo raídas. Los zapatos, pese a estar bien lustrados, no podían disimular que en el lado interior del pie izquierdo, el cuero estaba despegado de la suela en unos cuantos centímetros. Al sentarse, ponía ese pié tras la pierna derecha para ocultar la abertura que mostraba, nítidamente, parte de sus descoloridos calcetines. Se sentía algo confundido, tal vez ni el mismo se había dado cuenta de sus necesidades.

Perdido en la gran ciudad, entremezclado con otros más pobres, su estado había pasado desapercibido incluso para él mismo. La pobreza de sus vestimentas se empezó a notar poco a poco, de forma subrepticia, cautelosa, discreta: primero, el brillo en codos y rodillas, luego un botón perdido de un puño de la chaqueta, después otro, más tarde un deshilachado en las bastillas que disimuladamente había ocultado cortando los hilos que sobresalían; una rotura en la suela de sus viejos zapatos, tapada por dentro con un trozo de cartón; finalmente, se empezó a despegar la maldita suela y toda… toda esa perversa miseria que había ignorado, concluyó exponiéndolo para verse como se veía ahora: modesto, calamitoso… derrotado.

Al día siguiente tendría que asistir a un trabajo donde lo recomendó un familiar.  Esa  esperanza  fue el  motivo por el cual se  decidió a regresar a su pueblo y a la vieja casa familiar.  —¡Y tendré que hacerlo con mis zapatos hechos una mierda! —pensó.

—M’ hijo —le dijo su madre, como buscando la forma más delicada de decirlo para que no se sintiera avergonzado— me encontré con la dueña de la zapatería, de esa que  está como a media cuadra de la plaza y me dijo que habían abierto créditos, le di tu nombre y lo anotó. Podrías comprarte zapatos pagándolos en  cuotas.

Su madre, era una mujer conocida y apreciada en la ciudad, puesto que procedía de una familia bastante acomodada. Los avatares de la vida los había empobrecido, pero ella siempre mantuvo la dignidad y todos quienes la conocían, la respetaban.

El padre, luego de sufrir grandes pérdidas en algunas malas inversiones, debió seguir  manteniendo a la familia solo con una modesta jubilación. Su depresión,  por sentirse culpable de la ruina de la familia, lo hizo refugiarse en el alcohol, algo que naturalmente en nada ayudó, al contrario, hizo que además se abriera una brecha en la relación con su mujer y sus hijos mayores.

El muchacho se había marchado a la capital con la esperanza de trabajar, progresar y ayudar a sus padres a salir de ese atolladero, pero los sueños solo son eso: quimeras. Un provinciano que llega a la gran ciudad con la  esperanza de conquistarlo todo, solo es… un iluso más.

Ahora, arrellanado en un sillón de la salita de casa, hojeando un antiguo álbum vio algunas fotografías de cuando era niño: El pasado es un lugar seguro  —pensó—  nadie  puede  cambiarlo.

Entre  las viejas  fotos había una que hizo que su imaginación volara hacia aquellos días. Era fines de 1945, tenía entonces  poco  más  de ocho años,  el día en que hizo  su  primera  comunión. Para esa ocasión, su padre le mandó a confeccionar un par de zapatos negros de charol, cosa bastante común a mediados de la década de los cuarenta, cuando los maestros zapateros no solo remendaban, sino que además confeccionaban el calzado. Estos eran hermosos, con el charol sobre el cuero que les daba un brillo extraordinario. La foto era de color sepia y se veía ahí un muchachito serio, bien peinado, vestido con una chaqueta negra sin solapas, camisa blanca con un gran cuello doblado sobre los hombros, guantes blancos, un rosario colgando de su brazo derecho y un libro de oraciones entre sus manos, pantalones cortos, calcetines blancos y… brillantes como un espejo, los hermosos zapatitos de charol.

Recordó que luego de esa oportunidad, solo los usó para ocasiones especiales. Un par de años después le compraron sus primeros pantalones largos y desde entonces empezó a usar con desgano los cortos o los de golf (esos parecidos a las bombachas cuyanas, que a  la altura del tobillo tenían una pretina que se abrochaba rodeando la parte inferior de las canillas), “pantalones guarda pedos”  los llamaban los chanceros.

No había olvidado que en aquellos días viajó desde Santiago a Linares, para pasar las vacaciones con ellos, una prima que tenía su misma edad. Era  muy  compinche  con  sus dos  hermanas  mayores y  con él, aunque como siempre ocurría, las mujeres a esa edad eran más despiertas que los varones y él siempre se vio bastante más pajarón. De todos modos, recordó que en esa oportunidad insistió en ir también a esperarla. Llegaría  en  el  tren de las cuatro de la tarde. Se peinó con su “jopo” bien engominado, pantalones largos… y sus  ya  apretados zapatitos de charol, negros y brillantes.

Cuando llegó el tren, bajaron su tía y su prima: saludos y gritos de alegría, abrazos.  La tía reparó en el muchacho que estaba un poco alejado, silencioso:

—Pero sobrino, que grande estás, si ya eres todo un hombre… y tan buen mozo además. Al chico se le tiñeron de rojo los cachetes. Dirigió la vista hacia su prima que también lo miraba, se acercó y se abrazaron.

—Primito, ¡si estás más alto que yo! —Luego, él se alejó un poco, como para que repararan en sus pantalones largos, metió una mano en el bolsillo como tratando de parecer canchero, tal como veía que en ocasiones lo hacían los mayores, y trató que se asomaran sus zapatos, que aunque le apretaban por todos lados, aún se veían hermosos, brillantes, impecables.

— ¡Qué payaso! —pensó, sonriendo tristemente. Los recuerdos se desvanecieron y con ellos un pasado que jamás regresaría. Los años pasaron y la vida apareció tal como es: alegrías y… miserias. Cerró el álbum, dio un  melancólico suspiro, se arregló un poco el cabello y se dirigió a la zapatería que su madre le indicó. Al día siguiente debería presentarse a trabajar.

 

Extracto de:

«De todo un poco»

Contiene 21 cuentos cortos y mini cuentos. 12 historias festivas y 9 dramáticas.

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