Viajábamos en un crucero por los mares del sur, mecidos suavemente por el oleaje. De pronto escuché un zumbido, como si un vehículo mal carburado -en ralentí- hubiera empezado a acelerar su motor. El ruido se prolongó como un rumor sordo y profundo que ascendía y que rompió en un violento remezón.
-La nave se bambolea peligrosamente, -pensé. Creí escuchar a mi mujer decir algo como:
“¡Estamos naufragando, viejito!”.
Me dejé caer de la cama pensando donde diablos estarían los chalecos salvavidas. Mi esposa encendió la luz y corrió hacia la puerta.
En una fracción de segundo, me percaté de que estábamos en casa, que yo estaba despertado de una pesadilla y lo que mi mujer realmente me decía era:
-“¡Está temblando, viejito!”.
No sé cómo me calcé las pantuflas y salí tras ella, aún medio adormilado.
Se empezó a oír un ruido similar al de un tren de carga lento y pesado que pasa a corta distancia, con un sonido prolongado y aterrador. Se escuchaba un crujido que podía ser del piso, del cielo raso, de la techumbre o de todo en conjunto. El ruido se fue camuflando, opacado por el que hacían los objetos al caer y los muebles al remecerse y resbalar. Nos quedamos sobre el umbral de la puerta, equilibrándonos con dificultad. Yo afirmado con ambas manos al marco de la puerta y mi mujer abrazada fuertemente a mi cintura. Por mi mente -que quizás aún navegaba- pasó la escena de los protagonistas del film “Titanic” abrazados en la proa del barco. Esa imagen la deseché rápidamente puesto que mi yo consciente, literalmente me aclaró la película. ¡Estábamos siendo zarandeados por un terremoto de gran magnitud!
-¡Tatita Dios, ampáranos! ¡Virgencita, protégenos! -rogaba mi esposa.
De improviso, se apagaron las luminarias de toda la ciudad, con lo que nuestro temor aumentó. El ruido de cristales rotos y objetos cayendo al suelo no se podía precisar si era en nuestra casa o en la de los vecinos.
-¡Ya va a pasar, Negrita!, le decía, sintiendo mi voz trémula.
-¡Dios…, Dios! me sentí exclamar como en sordina, resumiendo en esa sola palabra el desamparo en que nos sentíamos, absolutamente en las manos de Él.
¡Ya va a pasar, ya va a pasar!… Pero no pasaba. Al contrario, el sismo aumentaba su terrible violencia.
Miré el cielo para asegurarme que lo que causaba el movimiento no era ningún fenómeno celeste. Estaba estrellado y la luna llena iluminaba claramente el firmamento. -Dios aprieta pero no ahoga– reflexioné en un momento de sensatez. La oscuridad total habría convertido nuestro temor en pánico.
Escuchábamos los gritos de los vecinos mezclados con objetos que caían, vidrios o loza rompiéndose y una quebrazón de botellas.
-¡Adiós mi Etiqueta Negra!, -consideré en un momento de irresponsabilidad, recordando un whisky Johnny Walker que me habían regalado un tiempo atrás y que yacía en una repisa de la cocina esperando un motivo digno. Había permanecido sin abrir en una demostración sin precedentes de mi fuerza de voluntad.
¡Hasta aquí no’ más llegamos, ahora se termina todo! -pensé en un ataque de pesimismo al sentir que el terremoto continuaba en aumento- ¡Hasta aquí!… ¡Se va a caer todo, muebles, techo, muros!… ¡Todavía no se cae el techo! ¡Se va a abrir la tierra! ¡Que sea lo que Dios quiera! En ese instante sentí que la intensidad del terremoto amainaba… poco a poco… lentamente… hasta que el suelo dejó de moverse. Todo quedó en silencio… un silencio aterrador en medio de la noche.
-No te muevas de aquí, mi amor, le dije a mi esposa. Ingresé a la casa y accioné el interruptor de la luz, en una reacción tan mecánica como inútil. Fui en busca de una linterna. La encontré mientras pisaba cajas plásticas de CD, vidrios, libros y objetos quebrados. En el dormitorio pude ver el televisor colgando del enchufe; lo desconecté y lo dejé en el piso, me puse pantalones y un chaleco sobre el pijama. Rápidamente recogí las pantuflas y bata de mi esposa y se las llevé.
Escuchamos una voz que preguntaba:
-¡Vecino, están bien?
– Ssssss… sí… vecino…, gracias -y ya con voz más firme- ¿y ustedes?
-¡Bien también, pero aterrados!
-¡Y era que no vecino, por la cresta! Nosotros igual, pero ya nos estamos calmando.
¡Qué tranquilizador es escuchar voces conocidas después de una catástrofe como esa!
Estaban en la calle y la señora lloriqueaba. Abrimos la puerta de reja y ahí, bajo la pérgola, mi mujer trataba de calmarla conversándole con suavidad.
El vecino entró a su casa y yo, como todo chileno terremoteado, me dispuse a hacer un recorrido a la nuestra para verificar que no hubiera filtraciones de gas o agua. Dirigí la luz de la linterna hacia el techo, vigas, losa, muros, buscando alguna fisura. Las imágenes sagradas que había sobre la cómoda o los veladores, ni siquiera se volcaron, pese a la escasa base que tienen. Subí cautelosamente al segundo piso. La escala no presentaba fallas. El computador en el escritorio estaba a salvo, solo se corrió un poco la unidad central; desenchufé todo.
Volví a la planta baja y desconecté todos los artefactos de la casa para evitar que al volver la energía algún golpe de mayor voltaje pudiera dañarlos.
María Graciela, mi esposa, encontró las velas, pero no las encendimos hasta que las instalamos en unas palmatorias. Acordamos no dejar ninguna sin vigilancia, no fuera cosa que por alguna réplica se volcaran y se iniciara un incendio. (Estas acciones son realizadas automáticamente por todos los chilenos, debido a la experiencia en sismos de toda magnitud).
Estábamos bien tembleques. Habrían pasado unos diez minutos, cuando vino una réplica fuerte. Los lloriqueos de la vecina aumentaron y su hijo –de unos siete años- muy asustado se abrazaba a las piernas de su madre. Mi mujer los invitó a pasar y les ofreció una taza de té para que se tranquilizaran.
En la cocina, solo se rompieron dos botellas: una de un vinito reguleque y otra de un Merlot Castillo de Molina. Casi lloro por ese despilfarro, pero luego me consolé al verificar que el Etiqueta Negra estaba intacto dentro de su cajita de lata. La recogí acunándola en mis brazos y la dejé en un lugar seguro. Volví a la pérgola y encendí la radio del auto para saber noticias, pero debieron pasar unos quince minutos más para que una emisora curicana saliera al aire. Y fue la primera en todo Chile…
Libros, discos, objetos antiguos, un retrato matrimonial quebrado, estaban regados por el piso. De una colección de discos de música clásica, se encontraban en el piso unos sesenta, con las cajas rotas.
Finalmente escuchamos noticias, catastróficas y muy difusas. Luego llenamos con agua todos los tiestos que encontramos: ollas, teteras, jarros, botellas, para tener con que cocinar y lavar los tiestos un par de días. Llenamos la tina para contar con algo para echarle al estanque del inodoro, pues supusimos que se habrían roto algunas matrices en las calles que nos dejarían sin el líquido elemento quizás por cuantos días.
Tipo cinco y media, nos fuimos tranquilamente a dormir. ¡Nada de hacerlo semi vestidos! Lo hicimos en forma, en nuestra cama y con pijama. Por precaución dejamos batas y linterna al alcance de la mano. Despertamos a las once de la mañana, después de descansar tranquilamente, con la lógica intermitencia de algunas carreras ulteriores a alguna réplica.
En la tarde salimos a pié al centro. Pudimos ver la enormidad de los daños. Los pocos edificios del costado norte de la plaza, estaban en el suelo o a punto de derrumbarse. Toda la belleza antigua de las calles adyacentes desapareció para siempre.
Se nos presentó un imprevisto: teníamos bastante carne en el congelador. Sin electricidad todo se perdería, por lo que decidimos encender carbón. Ahí fueron a parar en la parrilla, en una impúdica mescolanza, carne de vacuno, una espaldilla de cordero, tutos de pollo y dos conejos. Cuando al tercer día volvió la luz, aún nos quedaba asado.
Todos los vecinos hicieron lo mismo. Creo que ni para las Fiestas Patrias se sintió tanto olor a parrilladas en nuestro pasaje.
Ese día, nos dedicamos a rememorar otros terremotos que vivimos, de los muchos ocurridos en nuestra loca geografía. Mi mujer recordaba:
-Mi papá nos contaba que para el terremoto de Talca de 1927, él era niño, y su hermano -el tío Baucha- de unos doce años, muy asustado se golpeaba el pecho gritando “misiríca, misiríca, misiríca”, en lugar de “misericordia”, como alguna vez les escuchó a mis abuelos en otra catástrofe.
Yo, por mi parte, había vivido el del año 60 en Valdivia, del 67 en Calama, del 71 en la quinta región y el del 85 en la zona central. Sin embargo, el más anecdótico que recordaba, fue un temblor fuerte, en Linares, a fines de los años cuarenta:
Nuestra casa tenía un enorme patio y hacia el costado norte su cierro era solo una malla metálica, que no permitía ninguna privacidad: podíamos ver fácilmente todo lo que ocurría en el sitio vecino, al igual que ellos en el nuestro.
Una noche, cuando ya amanecía, nos despertó ese fuerte sismo. Mientras mi madre sacaba en brazos al menor, que solo era un bebito, los otros cinco hermanos, semi dormidos y azuzados por los gritos de nuestros padres, trastabillando logramos llegar al patio a esperar que el temblor amainara.
Los vecinos, tan asustados como nosotros, habían llegado en ropa de dormir a refugiarse en su patio. La señora, de unos cuarenta años, rubia y bastante agraciada, gritando de espanto se levantaba el camisón de dormir y con él se tapaba la cabeza, sin reparar en que debajo estaba tan pilucha como Dios la echó al mundo.
Cuando mi madre se dio cuenta, hizo desesperados esfuerzos para taparnos la cara en un vano intento que no viéramos el frívolo show que nos brindaba la buena moza de al lado. Al mismo tiempo -muy inquieta- le decía a mi padre que nos entráramos. Él, (marido obediente) con una picaresca sonrisa mal disimulada, lentamente caminó hacia el interior, no sin antes volver la vista y dar una última mirada al espectáculo. Nosotros, con la cabeza cubierta, caminábamos a tropezones guiados por mi madre.
Al otro día, mientras almorzábamos, mi padre hizo una observación que desencadenó el enojo de mi mamá por un par de días. El sentido y el peso de sus palabras vine a entenderlo años después; en aquel momento me parecieron triviales y no le encontré sentido a la irritación de mi madre, ya que papá solamente había dicho:
-Anoche me di cuenta de que la rubia de al lado, en realidad… ¡no es rubia!
