Las manos de mi tía

Lucía Catalina, mi tía, tenía unas hermosas manos: blancas, suaves, bien cuidadas, las uñas relativamente largas pero esmeradamente pintadas y sus extremos, absolutamente pulidos. Si por casualidad se percataba que alguna pudiera estar algo áspera, rápidamente hurgueteaba en su elegante cartera, sacaba un pequeño estuche con varias limas de distinto largo y diferente estriado y procedía a pulir aquella que había perdido su delicadeza.

Viajaba a Linares, al menos un par de veces al año para estar junto a su prima  hermana, mi madre. Ambas fueron hijas únicas de las dos hermanas que tuvieron hijos, por lo   cual, con ellas desapareció su segundo apellido de nuestra familia.

Se querían entrañablemente y en aquellos años, fines de los cuarenta y principio de los  cincuenta, en algunas de las oportunidades en que el cartero pasaba por nuestra casa y dejaba un sobre, recuerdo a mi madre exclamando:

—¡Escribió la Lucy! Y mi padre y algunos de sus hijos, de los ocho que fuimos, nos  acercábamos para escuchar lo que leía, especialmente si hacía referencia a alguno de    nuestros primos. De ellos, Eliana, la segunda de las mujeres, de la misma edad mía y con la cual fuimos hermanos de leche, (tal vez debido a la escasez de mi madre y abundancia de mi tía en lo que a glándulas mamarias se refería), se venía a Linares en  diciembre, recién terminado el año escolar y se quedaba hasta que ya las clases habían empezado, en marzo, y ella había ignorado las cartas y telegramas que su madre le enviaba urgiéndola a que regresara (sus deseos eran quedarse en nuestra casa y hacer sus estudios junto a mis dos hermanas mayores), hasta que finalmente, llegaba mi tía para llevársela de una oreja de vuelta a Santiago.

En el salón de nuestra casa, en Linares, había un piano vertical de color negro, Steinway & Son, (recuerdo de antigua opulencia, que mi abuelo materno había adquirido para su hija única). Estaba prolijamente bien cuidado, en excelentes condiciones y… un sonido inigualable.

Una vez al año, pasaba un afinador y lo dejaba como nuevo. Para mí era un misterio ese diapasón que ponía sobre la plataforma superior y en un momento dado, le daba un suave golpe para afinar la nota  “la” central; el diapasón quedaba vibrando largo  rato a causa de ese ligero toque. Portaba un gran maletín con unas rarísimas llaves con boquilla de estrella, que utilizaba para apretar o soltar la tensión de las cuerdas en el clavijero. Limpiaba con minuciosidad cada una de las ochenta y ocho cuerdas, en toda su extensión; revisaba meticulosamente y a veces cambiaba alguno de los cojinetes.

Era un trabajo que generalmente le tomaba todo el día.

Pese a los años, recuerdo la prolijidad con que hacía su trabajo. De vez en cuando lo sorprendíamos hablando solo, luego de pulsar repetidamente una tecla:

— ¡Excelente…! —decía, aplaudiendo el mismo su escrupuloso trabajo, que hacía con una dedicación y un agrado sorprendente. Amaba la música y amaba su trabajo.

Almorzaba con nosotros y conversaba con mis padres sobre tal o cual partitura, de las muchas que había en una mesita no muy lejos de donde estaba el piano. Nombraban a menudo “la Casa Amarilla”, la cual, años después vine a saber que se trataba, no de una casa de ese color, sino de una distribuidora de música: instrumentos, partituras, discos de vinilo (de aquellos de 45 RPM), piezas para reparación de pianos, de arpas, de violines, de chelos y de tantos otros de cuerdas, o de percusión o de viento.

Al finalizar su trabajo, el afinador decía:

— ¡Ahora, la yapa! —Entonces se sentaba al piano y nos deleitaba tocando alguna sonata beethoveniana, algún vals o un nocturno de Chopin, o a pedido de mi padre, algo de Franz Liszt. Era concertista, pero se ganaba la vida en afinamiento de pianos y de vez en cuando, tocaba en algún evento.

En casa, varios de nosotros éramos capaces de interpretar algo al piano, aunque los tres hijos mayores  solo en casa o en algunos actos escolares.

Mi padre, que lo hacía de oído, no tenía un repertorio muy amplio pero recuerdo claramente un bello preludio llamado “Desolación” de Domingo Santa Cruz Wilson, (que el músico escribió luego del temprano fallecimiento de su esposa, Wanda Morla), la que  papá ejecutaba con gran delicadeza y  cuya melodía aún mantengo en la memoria. Tenía sí, algunas dificultades con las notas de la mano izquierda —típico en quienes tocan de oído— por lo cual acompañaba la melodía principal  solo con arpegios.

Mi madre, en cambio, estudió bastantes años en su juventud y tocaba a primera vista. Cada vez que mi padre viajaba a Talca o Santiago, volvía con algunas partituras de melodías de moda o de los grandes músicos y le decía:

— ¡Floren!, te traje algunas partituras, y le ponía al piano algunas para que las interpretara y ella, pacientemente lo hacía. A veces, entre esas partituras había  algún preludio o una balada de Chopin o algo de Liszt que empezaba a tocar  con cierta dificultad. Entonces decía:

—Dame esta semana para repasarla, mira que el acompañamiento es algo difícil.

Días más tarde, ya mi madre tocaba la pieza completa como si siempre la hubiera conocido, aunque pellizcando a veces alguna tecla vecina:

— ¡Uy… que feo sonó eso!, —exclamaba.

Como tenía muy buen humor, cuando pensaba que  ya había tocado suficiente y se percataba que todos estábamos expectantes escuchándole algún armonioso  adagio, en lugar de seguir con la lenta melodía, sorpresivamente cambiaba el ritmo e introducía la conocida y rápida cadencia de la “Polka de los Perros”, haciéndonos reír a todos. Con eso se terminaba el hogareño concierto.

Esos viajes de mi padre a Talca eran muy esperados, porque a su regreso llegaba con una caja con galletas de miel, que eran unas grandotas, rectangulares, con una cubierta café encima, y otra con unas llamadas “Almendrillo”, por su forma similar a una almendra, rellenas con manjar endurecido y cubiertas por una especie de masa  de obleas. Nunca más las he vuelto a ver, tal vez ya nadie las fabrica.

Cuando tenía alrededor de diecisiete años, mis padres, ya relativamente empobrecidos, debieron vender ese instrumento que aún veo en mis sueños. Se fue, acompañado de un amoblado de salón estilo Luis XV  y una mesa de arrimo con  espejo dorado y cubierta de mármol. Fue una pena enorme para todos nosotros.

Cuarenta años después, en una oportunidad me senté frente a un piano, y… ¡solo pude tocar algunos esbozos de temas!: el piano, ese maravilloso instrumento musical cuyas melodías pueden transportarnos en el espacio… ¡ay!…es tan ingrato.

Cuando mi tía Lucy venía a casa, después de la cena la llevábamos al salón y mi padre le decía:

— ¡Ya gorda!, te advierto que está afinado hace solo algunos meses.

Y mi querida tía, como colocara sus manos sobre el teclado, sonaba hermoso. Tocaba lo que le solicitábamos con una suavidad y una precisión admirable. Nunca estudió piano pero tenía un oído privilegiado y el sentido de saber cómo sonaría tal o cual nota. Aun me parece escuchar ese sonido sutil que hacían sus uñas al tocar las teclas, antes que la yema del dedo pulsara la nota.

En una oportunidad, contaba que había ido al Teatro Municipal donde interpretaron algunos conciertos, incluido Nº 2 de Rachmaninov, muy poco conocido en el Chile de aquellos años. Este músico del siglo XX (insoportablemente romántico, decía Claudio Arrau), fue un notable pianista, escribió unos hermosos preludios y entre otros, ese concierto con su adagio tan pegajoso, que lo inmortalizó.

—No lo conozco, —dijo mi padre. Mi madre movió también la cabeza, confirmándolo.

Entonces, mi tía nos tocó el adagio y nos dejó sobre las nubes.  Es hermoso y su fácil melodía nos quedó pegada a los oídos. ¿Cómo lograba mi tía hacerlo con tal perfección cuando ni siquiera tenía un piano en su casa? ¡El milagro del talento innato! Le gustaba tanto la música docta, que cuando se inauguró la emisora Andrés Bello,  la mantenía sintonizada todo el día.

Nos contaba que le gustaría algún día viajar a Paris e ir al Cementerio Père-Lachaise, con el solo objeto de visitar la tumba de Chopin, músico al que idolatraba.

No tuvo la oportunidad. Mi prima Eliana se había ido a vivir a Italia con su marido de esa nacionalidad. Cuando mi tía jubiló, viajó a visitarla y pasar la Navidad con ella. Tenía la ilusión de poder cumplir su sueño, pero su salud estaba demasiado quebrantada. Solo pudo conocer Roma, algunos  lugares de Umbría y regresó a Chile. No pudo soportar el frío del invierno europeo.

Amaba tanto la música de Chopin. Recuerdo una oportunidad en Linares en la que nos  interpretó trozos de la Fantasía Impromptu. Además de lo bello que es ese tema, lo hizo con tal pasión, que cuando terminó la coda —donde el autor escribió la melodía con notas  graves  y  el  acompañamiento  con  agudas—  la  finalizó  con  su   pequeño   arpegio, de forma tan suave… tenue… apenas audible, y quedó con los dedos en el aire a pocos centímetros de las últimas teclas que había pulsado… por largo rato… inmóvil…  emocionada. Todos nosotros, incluso mis hermanos menores que poco sabían de música, nos quedamos mudos, sin  atrevernos a romper ese fascinante silencio, ese  encantamiento sutil… etéreo… que habían logrado crear… los mágicos  dedos de mi querida tía.

 

Extracto de:

«Para mayores (De risas y ternura)»

Contiene 22 cuentos cortos. 15 Historias festivas y 7 dramáticas.

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