Los bototos del pairino

Don Justo vivía con su esposa y sus siete hijos en una parcela al poniente de Curicó. El campito -herencia que su mujer había recibido a la muerte de su padre- era realmente hermoso, un pequeño canal de riego corría entre hileras de sauces, la casa, aunque antigua se mantenía en buen estado. A un costado estaba la confortable cocina, una gran habitación con un fogón, piso de ladrillos artesanales, una mesa y algunas sillas que hacían de comedor de diario.

El dueño de casa era un señor bajo, fornido, un poco gordito, ojos claros y cabellos difíciles de definir: las cuatro mechas que le quedaban sobre las sienes, en dos segundos podrían contarse, pero acertar el color… no era posible.

Aparentaba ser un hombre afable, le gustaba leer cualquier cosa que cayera en sus manos. Conversador prudente, hablaba en una voz poco más alta que un susurro;  cauteloso, como sopesando sus palabras para decir solo lo sensato y en el momento preciso. Imposible escucharlo hablar atropelladamente.

Pero su tino y afabilidad llegaban solo hasta cuando viajaba a la ciudad y se le ocurría meterse unas copas entre pera y bigote. Al regreso no era el mismo. Cuando le faltaba un par de cientos de metros para llegar a su casa, ya se escuchaban los gritos que lanzaba al aire, y su mujer empezaba a temblar de temor. Igual cosa ocurría con sus hijos, pero ellos, en cuanto se hicieron mayores emigraron para estar lejos de aquel energúmeno.  Es que en esas circunstancias se convertía en un hombre maltratador, taimado, terco, que vociferaba en vez de hablar. Se transformaba en un macho parado en dos  patas: rosquero, huraño, ¡in-tra-ta-ble!

Se metía en la cocina, se sentaba al lado de un gran brasero de bronce, en el otro extremo de donde estaba su mujer cocinando en el fogón, y no perdía oportunidad de  tirarle palabrotas o indirectas, intermitentemente, ya que de pronto  dormitaba y un par de minutos después despertaba y otra vez, palabrazos para ella o quienes estuvieran cerca.

-¿Qué estás haciendo? ¡Laureana! ¿No te dije que quería comer cazuela  de ave hoy día?

-¡Al tiro,  Justo! -le contestaba y corría a estirarle el cogote a un pollo para  prepararle lo que el marido decía, aunque lo más seguro era que ni siquiera la probara, o  lanzara el plato lejos.

Cierto día, una de sus hijas estaba cociendo pan en el hornillo. Se adormeció por unos instantes, despertó y como vio a la chica que estaba con la función del pan, le dijo:

-¡Y hasta cuando mierda cocis pan vos!

-Pero papá, si recién estoy poniéndolo en el horno.

-¡Ya!, parece que agarraste la costumbre de contestar y alegar por todo, ¿ah? ¡Cuidadito, me oíste? ¡No sé qué cresta pasa en esta casa que nadie tiene  respeto por el padre!

Así era ese don Justo con unas copas en el gaznate.

Un día que había llegado buscando rosca y más molestoso que lo usual, estaba en la cocina como acostumbraba -sentado frente al ardiente brasero- dando algunos cabeceos. De pronto llegó Juan, su  ahijado, quien estaba trabajando en la ciudad y había pasado a saludar a su padrino.

-¡Mire lo que le traje, pairino! -le dijo al momento que le entregaba una caja con un par de bototos nuevos.

-¡Gracias, Juanito, por acordarte de los viejos! porque, lo que es por aquí, ¡nadie se da cuenta que tienen un padre!  ¡Y MENOS, UN MARIDO, PUÉEE! -agregó, alzando la voz.

-¡Pruébeselos poh, pairino, pa’ ver como anduvo el ojo! -dijo el muchacho.

Don Justo se calzó uno y aparentemente le quedó bien, puesto que se probó también el otro y se los dejó puestos con los cordones bien apretados.

-Y, ¿cómo los siente, pairino?

-Bien, Juancho, bien. ¡Gracias!

-¡Es que yo me gasto un ojito! Y se le ven recontra bien, pairino.

-… Hum…

-¡Pero, chitas que se le ven bonitos los bototos, pairino!, ¿no’s cierto? ¡Es que son de buena marca, poh!

-… Hummm…

-¡Y re firmes pos’ pairino!

-Hmmmm!, ejm, ejm -carraspeó don Justo, dando muestras de cierta  inquietud.

-¿Había visto usted de estos bototitos, pairino? Va a ver lo aguantadores que son.

-¡JJJUUUMMM! –bufó don Justo conteniéndose a duras penas.

-¿Cuándo se había visto usted con unos bototos como estos, pos pairi…?

-¡PERO HASTA CUÁNDO CRESTA SEGUÍS CON LA LESERA, TONTO BABOSO!  ¡Qué los bototos y los bototitos! ¿Qué voh  creís que nunca he tenido? ¡¡Mira lo que hago con tus porquerías de bototos, saco’e weas!!  -Y diciendo eso, puso los dos pies encima del brasero.

Naturalmente que a los pocos minutos la goma de los zapatos se empezó a calentar y  a derretirse, por lo que el calor empezó a llegarle a los pies. De pronto, como impelido por una catapulta, don Justo se puso de pié. Empezó a patear en el suelo y luego a saltar con los dos pies, echando maldiciones. Trató rápidamente de desatarlos, pero   no lo logró. Sacó el cortaplumas, cortó los cordones, se sacó los humeantes bototos y con  los calcetines aun  puestos metió los pies en un tiesto con agua que estaba en el exterior, para que bebieran los pollos.

Luego de pegarle una patada a uno de los perros -que tuvo la mala ocurrencia de atravesarse en su camino- entró de nuevo a la cocina, agarró los bototos, sacó la parrilla y los colocó medio a medio del fogón. Ahí los dejó mientras atizaba el fuego,  hasta que de estos no quedó más que el desagradable olor a goma quemada.

-¡Toma!  ¡Ahí quedaron tus cochinadas! ¡Re buenos los bototos, decía el pelotudo! ¿Qué cuándo me había visto con bototos? ¡Claro que me he visto con bototos!, ¡y buenos, no como esas mugres! ¡Y ya, te mandaste cambiar de aquí, mierda!

¡Bototitos!  ¿¡Qué se habrá  imaginado este picante!? ¿Qué no tengo pa’ comprarme?

Por el callejón se fue Juancho, con el mismo aspecto de un perro apaleado…

Se detuvo un momento -miró nerviosamente hacia atrás- y vio a don Justo sobándose los pies, bufando y maldiciendo al que se le cruzara por delante.

-¡Puchas!… pensó, con una sagacidad a toda prueba, ¿jué idea mía o… no le gustaron ná los bototos al pairino?

 

 

Extracto de:

«Para mayores (De risas y ternura)»

Contiene 22 cuentos cortos. 15 Historias festivas y 7 dramáticas.

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